El Arte como diarrea mental e indigestión de conceptos no es lo que yo persigo. Yo persigo una forma. Y esa forma es la O que hace una boca sorprendida.
No podía dormir y no paraba de
dar vueltas en la cama. Los pies aún fríos luchaban contra un nudo de sábanas.
La almohada la asfixiaba y el sudor no saciaba su sed.
Abría los ojos y aparecía el
espectro naranja del centro de la ciudad. Pixelado por las rendijas de la
persiana. Parecía su edredón un manto de estrellas incómodo.
Cada vez que intentaba cerrar
los ojos se agitaba en sueños.
Y soñaba.
No los sueños plácidos de una
niña sin preocupaciones. Dormía repasando mentalmente todas las cosas por hacer
que no había empezado. Ordenada, vestía y aderezaba los fantasmas de noches en
vela delante de los libros. Delineaba en los folios a carboncillo los barrotes
de su cárcel.
Y soñaba.
Con verdes colinas y una villa
blanca de tres pisos. Con bosques de columnas corintias. Con una sombra que se
cernía sobre ella, que no la dejaba escapar de esa bucólica pesadilla. Alguien
se aferraba a su cintura, la amenazaba de muerte. Pero sus ojos no captaban
más que belleza. Allá lejos en la colina, el viento mecía las adelfas. Tras de
sí, un monstruo trajeado juraba arrebatárselo todo.
Intenta correr. Intenta salir
allá donde las altas hierbas la oculten. Allí donde estará felizmente sola,
lejos de esas columnas de esa blancura impoluta y del dolor en el pecho, como
si la hoja de un puñal la hubiera atravesado y no la dejara escapar.
Y despertó.
El sudor bañaba sus piernas. El
pelo enmarañado parecía un río de tinta por su espalda.
Abrió los ojos durante un largo
rato. Tomó consciencia de todo cuanto la rodeaba: la mesita de noche seguía
igual, con el libro casi al borde, la lámpara vieja y el reloj entonando el
réquiem de la noche.
Por un momento sintió
nostalgia. Se hizo un ovillo entre sus sábanas y llenó su mente con ideas que
la hacían feliz.
El invierno en el pueblo, las
calles grises, oscuras y espejadas por la lluvia. El sonido de la nieve bajo
las pisadas. El abrazo de una madre debajo de las mantas. Un gato ronroneando
al lado de la chimenea. La nariz sonrojada por el frío ante una taza de chocolate caliente.
Y entonces pensó en la
distancia.
En el sol naranja, elevándose
en un paisaje a kilómetros de allí, tanto en el espacio como en el tiempo. En
los árboles blancos. En la noche más oscura. En el ruido del silencio. En la
nieve bajo los pies descalzos. En el olor a madera quemada en invierno.
Y así volvió a dormir por fin.
Y los sueños la dejaron soñar
despierta.
Now Playing: Wind --- Brian Crain.
Y así se pasan las noches. Cada una copia de la anterior. Hasta que ordene los papeles mojados del día a día y deje de soñar.
Hoy vengo a hablaros de un
fenómeno que se ha tendido a criticar demasiado en la sociedad en la que
vivimos; acto incongruente si tenemos en cuenta que en la sociedad (como la
llamamos) de los Mass Media, o la Sociedad de Masas, cada vez tendemos a
alzarnos en una pugna individualista por encima del resto apelando bien a
nuestras cualidades inmanentes o a aquellas que hemos logrado a través de la
filosofía, del arte o de la literatura con el paso del tiempo. Y esa búsqueda de un arsenal ideológico
no es más que una búsqueda de nosotros mismos en el tiempo y en la mente de
otros hombres. No es más que un intento de justificar nuestro
parecer, nuestros sentimientos, etc. ante el Mundo.
Reafirmarnos, hallarnos en
el espejo de la historia y del pensamiento. Porque la imagen de nosotros mismos
que en él vemos nos gusta más que la del espejo del cuarto de baño.
Freud hablaba a principios del
siglo XX del paralelismo que existe entre el concepto de Yo, la Sublimación
(entendida como la creación) y el artista. El Yo es algo que no sólo toma el
artista como tema de la obra, sino que pretende que sea además el espectador
ideal, el lector ideal (eso con lo que todo creador ha soñado), que al fin y al
cabo no es más que un reflejo de sí mismo. El Yo es el sujeto y el objeto.
Pese a esto, Freud
descalificaba bastante la creación artística y no es ese el matiz al que yo
quiero llegar con todo esto. Sin embargo, prosigamos paso a paso.
Freud hablaba de la vida
imaginaria del artista. Hablaba del creador como de un ser insatisfecho que
plasmaba en se obra una vida imaginaria, unos valores donde pretendía que todo
el mundo se reflejase y se regocijase en ellos, para así lograr la aceptación.
Al fin y al cabo no es más que dar otra vuelta de tuerca: el artista crea algo que
sale de su subconsciente, plasma algo íntimamente suyo, pero con los matices de
unos valores socialmente aceptados, de modo que todo el mundo se vea reflejado
en ellos y se regocijen. ¿Por qué? Porque ya han encontrado un discurso
dialéctico en el que verse reflejados, ya han encontrado unos pilares
ideológicos en los que cimentar sus tristes vidas.
Somos unos malditos adictos al
reflejo.
Los Embajadores; Hans Holbein el Joven
Lacan le puso voz a la calavera
del cuadro Los Embajadores de Holbein
poniendo en su mandíbula (porque está más claro que el agua que las calaveras
no tienen labios): “Nunca me miras desde el lugar que yo te veo”.
Esa frase entronca con otra
preocupación contemporánea.
Los Mass Media nos han hecho tener miles de
facetas, en cada perfil desarrollamos de forma caricaturesca cualquiera de
nuestras aptitudes o rasgos del carácter, nos desinhibimos, nos deformamos, en
una burlesca anamorfosis que hace ver de nosotros cosas diferentes dependiendo
del punto del que se mire. Y cuando no recibimos la atención que buscamos nos
ofuscamos, cambiamos, mutamos en otra anamorfosis… Y el mundo marcha.
La calavera del cuadro de Holbein, vista del lateral derecho
Los escritos de Lacan son
interesantes en cuanto a sus reflexiones sobre la forma de mirar y de ser
vistos (lo mismo le ocurre a un cuadro, vayáis a pensar). Esto se verá
reflejado en su Estadio del Espejo.
El Estadio del Espejo es una tesis a cerca de la necesidad que
tiene el Yo de ser reconocido por otros y de la construcción simbólica de la
identidad. Todo esto lo formula desde un punto de vista evolutivo.
Cuando un niño tiene seis
meses, no tiene conciencia de cómo es, pues ve su cuerpo fragmentado. Hasta los 18 meses de
vida, no es consciente de su corporalidad hasta que se sitúa delante
de un espejo. Comienzan a tomar consciencia de un yo corporal completo, pero claro, ese ideal se encuentra dentro de
un espejo. El niño se seguirá viendo a sí mismo como un ente fragmentado, pese
a reconocer su corporeidad completa en otra dimensión: la del espejo.
Venus del Espejo; Diego Velázquez
Dice Lacan: el yo del espejo no sufre.
La
identificación que el hombre adulto establezca con sus congéneres seguirá
manteniendo ese matiz. El hombre, cuando viva en sociedad, sentirá la necesidad
de reconocerse en el otro, en sus congéneres. Esa necesidad le hará entablar
relaciones de amistad, fascinación, amor y odio con el resto. También puede
surgir la inseguridad, al ver que lo que el resto ve de nosotros no es más que
una realidad fingida, falsa, desfigurada. Poseen una información errónea de
nosotros mismos.
Según Lacan, la forma más común de superar esa inseguridad es
a través de la agresión: eliminar esa imagen difusa de nosotros mismos: invertir
las posiciones respecto al espejo, pasar al otro lado, y volver a ser un ser
completo.
Pero eso es imposible.
Now Playing: Souvenir d'un Autre Monde --- Alcest
Después de todo este análisis, quiero
dejar muy claro que las pretensiones creativas de cada uno pueden albergar
estadios muy diferentes (aunque una parte de ese impulso siempre sea el dar a
conocer al resto un fragmento oculto de nosotros mismos del que puede que ni
siquiera seamos conscientes).
A donde quería llegar era a la
siguiente idea:
Nos sentimos atraídos hacia una
manifestación artística siempre que nos veamos reflejados en ella, de un modo u
otro. Bien porque hay un matiz que habla de nosotros mismos, bien porque la
comprendemos y con eso la hacemos un poquito más nuestra.
Quiero lanzar la idea
de que existe un estilo de arte o un movimiento del pensamiento específico para
cada uno de nosotros (que suele ir cambiando con el tiempo) y que depende de lo duchos que seamos en el campo en
cuestión y de nuestro interés.
Una persona que no entienda de Arte, por ejemplo, como diría Ortega y
Gasset (aunque no estoy del todo de acuerdo con su punto de vista, es más, lo
detesto en su mayoría), se sentirá atraída y más cómoda con una obra
hiperrealista, puesto que la entiende, está acostumbrada a encontrar todos los
elementos del cuadro en la vida real, los nombra, los reconoce, conoce la
utilidad y la función que tienen en el mecanismo del mundo en el que vive.
Sin embargo, hay
quien puede ir un poco más allá, es capaz de ver en la forma el concepto, el
que es capaz de ver con los ojos cerrados.
No estoy defendiendo el Arte Conceptual
tampoco
Siempre debe de haber algo
claro y reconocible. No me gusta el Arte para unos pocos. Pero sí
debe de haber cierto veto. El Arte debe mostrar algo reconocible, una imagen.
Sin embargo el concepto, el reflejo del artista, debe de permanecer entre
bastidores. El alma, el pensamiento, debe de quedar reservado sólo para esos
pocos a los que el artista de verdad quiere comunicar algo.
Al fin y al cabo es como en
todos estos perfiles de Internet: no deberíamos mostrar una imagen
hiperrealista. Tampoco algo críptico, pues el espectador lo tacharía de
agresivo y lo odiaría. Sencillamente hay que hablar para los pocos que queremos
que nos escuchen. Hay que crear para quien queremos que nos reciban. Y nos valemos del lenguaje, que de un modo y otro todos reconocen.
Desnudarse gratuitamente delante
de todo el mundo no es algo demasiado elegante. Quien quiera desnudarte, que se
moleste en conocerte. Puede que encuentre en tu piel el espejo en el que
buscaba reflejarse.
Puede que encuentre sencillamente un lienzo en blanco.
Estaba yo sentado en un antiguo
café del barrio de Montparnasse. Qué importa el nombre.
Todas las noches solía
dejarme caer por ese rincón que apestaba a madera acre y a absenta. Siempre que
andaba cabizbajo y apesadumbrado por el abandono del genio me acercaba a buscar
las letras en la atmósfera pegajosa de aquel lugar. Muchas veces sin éxito.
Otras tantas, el éxito se dejaba vislumbrar bajo cualquier nombre femenino:
Lulú olía a sábanas blancas y a salobre del Sena. Fernande a aguarrás y
disolvente, a color y forma. Se escapan los suspiros de mis labios y sus
nombres de mi pluma, o de mi cuchillo. Grabándose en las maderas de las mesas, perdurando
allí hasta Dios sabe cuándo.
Cavilaba yo en mis pensamientos
más profundos cuando avisté un mundano milagro.
Aún era muy temprano para que
el café estuviera lleno. Además, el cielo que amenazaba romper a llorar
mantenía bajo aviso a todo transeúnte medianamente prudente, o a cualquiera que
tuviera algo mejor y más cálido que hacer que aventurarse calle abajo en mitad
de una fuerte y fría lluvia de otoño.
Alcé la vista hacia la mesa que
tenía frente a mí, iluminada por un puñado de velas titilantes. Por un momento
olvidé los nombres de mis antiguas musas. Había encontrado dos de verdad. Y
para no tirar por tierra aquel momento de lucidez o de ensoñación dulce y
ponzoñosa (quizás originado por una tercera copa de vino caliente), decidí ir
apuntando en una servilleta todo cuanto mis ojos o mi subconsciente iba
captando, hasta formar mi propia historia.
Para empezar, había dos chicas
en la mesa. Deberían rondar la veintena años por la complexión de sus cuerpos,
pero sus ojos desvelaban estar fraguados y templados por un fuego que hubo de
arder hacía siglos, en cada par a su manera. Se mantenían una en frente de la
otra, sosteniéndose las miradas y sin terciar palabra. Todo lo que hubiera de
decirse estaba ya más que escrito.
Empezaré por la chica a mi derecha:
Su postura era más que
delicada. Era una bailarina degasiana congelada sobre una silla de taberna. La
piel blanquísima y el cabello negro como el azabache, que se derramaba sobre
sus hombros como si Balzac hubiera volcado un tintero de seda negra para
escribir los mejores versos de amor. De hecho, tenía tinta en el cuerpo. Entre
uno de los muchos pliegues de una camisola satinada de color burdeos asomaba
una de sus piernas, grácil y fuerte, tensa. Parecía tener escrita una partitura
subiendo en ese fragmento blanco, en ese pentagrama ascendente, que sólo podía
llegar a la disonancia
.
Olía a infancia. Pude captar su
aura desde mi esquina. Y cada vez que oteaba en rápidos movimientos los
confines de la estancia de madera, sentía florecer la simiente de sus ojos
verdes allá donde posaba la mariposa de su mirada. Tranquilamente, removía un brebaje
que desprendía los efluvios de jazmín y del Mediterráneo.
Ella era luz, era
verso, era danza. Su cara era la luna llena en el cielo de una noche de verano.
Antes de sentirme del todo
hechizado por tal angelical aparición y no poder mirar a ninguna otra parte,
decidí completar la imagen de mis sueños con la otra presencia a mi izquierda, que por un
momento había empequeñecido al lado de la blanca doncella.
Comenzaré por donde comencé con
la otra. La posición.
Diría que era mucho más masculina, aunque comparada con
su acompañante, hasta la más sutil de las princesas parecería un rudo marinero
de Saint-Malo. Se sentaba con los codos sobre la mesa, y las piernas ligeramente separadas, flanqueando una negra
taza de café de un olor extraño y fuerte.
Olía a adrenalina, a fuerza y a
pasión, como el galope templado de un caballo. Sus ropajes, de color verde
oscuro, de una tela aterciopelada. Contrastaban con el caramelo que destilaban
sus poros. Era el contraste perfecto, como el bosque que crece airoso a los
lados de un camino solitario, camino a quién sabe dónde.
Si bien sus rasgos eran más
redondeados, sus labios más carnosos, besables y mordibles, sus ojos ardían con
fiereza, imponentes, como un volcán en erupción. Su expresión era sublime, era
una catástrofe natural encerrada en una cárcel corpórea. Las velas de la
habitación hacían saltar chispas en ella, reflejando el rojo del fuego tanto en
su mirada (que caldeaba a su paso y helaba a la vez) como en su pelo, algo más corto, de un
castaño exquisito, ardiente, radiante, como el barniz del artista.
Jugueteaba con los dedos,
haciendo movimientos reflejos con las manos, como si tocara un fortepiano. Y
Dios sabía que su aura era el forte, sus curvas el piano. Brillaba con luz
propia, pero no de forma evanescente como su acompañante, sino dorada, airosa,
victoriosa. Irradiaba el sonido de una corneta de batalla, el destello del
cobre y la fragua dormían encerrados en aquella piel tensa. Cualquiera diría
que llevaba un sol grabado en la piel y el Bóreas ondulando entre sus cabellos,
anidando en el semblante. Si afinaba el oído escuchaba el tambor de guerra retumbar
en su pecho, el ronco silbido de la bandada de pájaros que vuela al norte entre las aletas de su nariz.
Ambas dos eran la antítesis la
una de la otra a su manera.
No habría parado de mirarlas, aunque en no hacerlo me
fuera la vida. Estaban allí, congeladas, con un juego de miradas. Una empuñaba
una espada con las pupilas. Otra una pluma. Una dictaba los versos. La otra
buscaba el modo de hacerlos corpóreos y reales.
Y fue entonces cuando lo
comprendí todo:
Eran musas de verdad.
Había logrado el estado del que Blake
escribió y ese que Moureau pintó una vez. Se me habían aparecido las Musas,
encerradas en dos realidades equidistantes en el espacio, complementarias en
las Artes. Habían tomado hacía mucho caminos diferentes y en ese momento se
habían encontrado. Una batalla se estaba librando en ese momento, en esa vacía
habitación. Y yo era el único espectador.
La primera era una canción a la
luna, a la delicadeza y a la belleza, a la danza y a la poesía. Sembraba a su
alrededor laureles y amapolas, enredaderas que acabaron rozándome y esposando
uno de mis brazos, uniéndolo al papel. Y lo supe en el momento en que ella me
atravesó con sus ojos esmeralda.
La segunda era el sol de media
noche, era la fuerza y la pasión. Un canto a los héroes, a la música y a la
pintura. Prendió una hoguera en mi pecho con sólo ponerme en su punto de mira,
a través de esas dos obsidianas que tenía por ojos. Y lo supe en el momento en
que ladeó sus labios en una mueca burlona y sarcástica. De repente dio un golpe
en la mesa, levantándose como un tigre furioso.
Todo me dio vueltas por un
instante. El café dibujó una espiral, las flores inundaron el cabello de la
primera musa. Una vorágine de seda roja y terciopelo absorbió a ambas
personalidades.
Pestañeé un segundo y la no
estaban.
Una era la Historia, otra el
Sentimiento.
Una el rozar de los labios en un beso. La otra la lengua
libidinosa y cálida.
Una era una caricia. La otra un puñetazo. El puñetazo que
me devolvió al mundo real.
Me vi absorto, mirando la nada,
los papeles que rodaban por el suelo cuando la campanilla de la puerta sonó. En
mi cuaderno sólo tenía escrita una línea recta, atravesada por un Sol y una
Clave de Sol. Oí unos pasos que se aproximaban hacia mí.
Era ya de noche.
Era mi buen amigo Hemingway.
Sonreí.
Now Playing: C'est Beau --- Les Ogres de Barback
Y esto es lo que pasa cuando me pongo a delirar sobre un cuadro. ¡Qué Tracy Chevalier ni qué niño muerto...!
Cuestionarse
la naturaleza de las religiones y de la mitología de los diferentes países y de
las diferentes culturas a veces puede llegar a ser productivo. Del mismo modo,
diría que no existe una sola religión verdadera, sino que el ser humano tiende
a crearse una serie de mundos y de roles que se corresponden totalmente con los
arquetipos de los que Jung escribió un día.
Tuonela; de Vertti Teräsvuori
Jung fue un filósofo a caballo
entre el siglo XIX y XX, que alcanzó parte de su reconocimiento debido a los
estudios que realizó en colaboración con Freud, aunque se fue distanciando de
las ideas de su colega con el tiempo, pues pese a considerar fundamental el
desarrollo del individuo en la sexualidad, Jung le dará mayor importancia a la
existencia de un trasfondo ancestral al que llama Inconsciente Colectivo que no se encuentra ni reprimido ni
olvidado, sino formando una parte activa dentro del sujeto, quien lo expresa a
través del arte y de los sueños. Es algo que forma parte de la memoria de la
humanidad, de la experiencia hereditaria del hombre y se refleja a través de
los mitos, las leyendas, etc. que encierran la sabiduría de la raza humana. Son
los sedimentos de la experiencia milenaria de la humanidad.
Estos sedimentos contienen los arquetipos.
Los arquetipos son
configuraciones formales que se repiten en el folklore, en el saber
tradicional, mitos y tradiciones, y que permiten intuir la existencia de un
origen común de la humanidad. Estas configuraciones formales pueden ser
dragones, sombras, tronos, ángeles, divinidades, héroes, etc. Son imágenes
primordiales que se encuentran en cualquier civilización y en cualquier tiempo. Sin embargo, están vacías de contenido.
Los arquetipos son los
creadores de mitos, religiones, filosofía, etc. influyendo a naciones enteras,
civilizaciones y épocas de la historia.
Tuonela; de Juri Asano
Ahora bien, partiendo de la
idea de los arquetipos junguianos, me gustaría hablar de uno en concreto que
atañe a todas las historias de mitología y religión. Y es que ¿en qué mito o historia
no existe un Reino de los Muertos?
El Infierno cristiano, el Hades griego, el
Duat egipcio, los Reinos de Samsara en el Budismo, caer del puente Sirat para
el Islam, el Sheol judío, el Helheim nórdico, el Tuonela para los
ugro-fínicos...
Es en éste último en el que me
quiero centrar.
Tuonela es el nombre que se le
da dentro de la mitología nacida en el lago Ladoga, en la Edad de Bronce, a la Tierra de los Muertos. Se conoce principalmente gracias al Kalevala de Elias
Lönnrot, poema épico finés por antonomasia.
Cuenta la leyenda, que cuando
la luz de la vida se escapaba de los mortales hacia la fría e infinita noche,
el alma peregrina ponía rumbo al río Tuoni, oscuro y silencioso. Allí, un cisne
erraba solitario por las aguas negras espejadas. Paliaba su solitaria existencia
esperando a la barcaza que surcaba el río transportando las almas dirigidas a
Tuonela.
El Kalevala nos cuenta la
historia de varios héroes que pasan por Tuonela en algún momento de sus
andanzas.
Väinämöinen es retado a bajar
al mundo de los muertos para recoger el hechizo de la vida eterna, para averiguar
el enigma de la muerte. Tuonen Tyttö (la Niña del Tuonela) lo guía en un viaje
por el reino de los muertos, mostrándole sus confines. Pero Väinämöinen no encuentra
más que negrura, dominada por las Criaturas de las Tinieblas, que le instan a
quedarse de una forma muy poco amigable. Afortunadamente, Väinämöinen consigue
vencerlas y ascender al reino de los vivos. Una vez allí, maldice a todo aquel
que decida adentrarse, en vida, en el reino de Tuonela, pues nada escapa a las
garras de la muerte.
Lemminkäisen äiti; de Akseli Gallen-Kallela (uno de mis artistas favoritos de Finlandia)
Lemminkäinen, el gran guerrero heroico
del Kalevala, chaman y hechicero, también consigue escapar de Tuonela en una
ocasión. Sin embargo, no corrió la misma suerte que Väinämöinen y no pudo salir
por su propio pie. Una de las pruebas a las que fue retado este héroe, era
capturar al cisne que anidaba en Tuonela, sucumbiendo en el intento ante la
bravura de las aguas del Tuoni. Su madre lo rescata del río, llevándolo a una
orilla y mandando a las abejas a recoger miel de diversa procedencia para
devolverle el aliento a su hijo.
Now Playing: Land of the Dead --- Summoning
Si es que, por mucho que nos pongamos a discutir, el ser humano siempre se ha centrado en crear una especie de culto hacia la muerte desde bien entrado el Neolítico. El aferrarnos profundamente a unas creencias no nos hace más evolucionados o menos, mejores o peores. Sencillamente demuestra que necesitamos el bote salvavidas de la Fe en algo que nos salve del miedo a las aguas negras del Tuonela...
Bueno, eso ocurre casi todas las noches, cada cual más extraño.
Estoy de acuerdo con André Breton cuando dijo que los sueños son una segunda vida; llena de lagunas una vez despiertas.
A veces creo vivir una segunda vida muy lejos de aquí. Allí donde mi imaginación me dice que es Helsinki (cuando sé de primera mano que no lo es). Allí, donde no hay más que calles laberínticas y oscuridad. Allí, donde finalmente, alguien dentro del sueño me instó a dejar de perseguirlo: dejar de perseguir un Sueño.
Querida… Ella*.
Gracias por tu… lápiz
y papel en este momento.
Me has ayudado mucho
a… terminar esta nota.
Por favor, déjalo ya.
Las calles eran serpenteantes y
oscuras. La única luz que me guiaba a seguir por los meandros de piedras era de
color púrpura, como si yo fuera un mosquito que se dirigía a una trampa
invisible. Las calles estaban plagadas de puertas, que daban a otras calles, a
casas. La gente se arremolinaba en el bar, sin captar mi presencia. Inundados en esa luz púrpura, ajenos a mi persona; yo, plantada en mitad de ningún lado, con una rosa de los
vientos incandescente bajo los pies y un mapa en las manos.
Abrí la puerta del baño y volví a
salir a la calle.
Las paredes de las casas habían
tornado en paneles de vidrio lluvioso, como si tras cada casa se encerrara una
tormenta. Y entonces vi una silueta que me era muy familiar. Estaba bañándose
en la tormenta. La luz de la rosa de los vientos se apagó, y de repente me vi
enfrascada en una luz gris. La luz de un amanecer incierto. Kaamos.
La desierta calle estaba
transitada de nuevo. El cristal de las paredes comenzó a volverse opaco. Pero
todavía estaba insinuada la figura del bañista, justo en frente de mis ojos. La
gente que pasaba por mi lado decía:
Eres la última
esperanza que nos queda.
Si no hablas, no se
podrá cerrar la historia.
Tienes que hablar.
Jaque.
Y así seguían, desvaneciéndose como
humo cuando me giraba a mirarlos. Sin embargo, no podía mover las piernas del
sitio. Me estaba convirtiendo en una estatua y el laurel crecía ya a la altura
de mis tobillos.
Entonces tuve un dejá vu en mitad del sueño.
Toda esa
historia que había mantenido noches atrás dentro de mi imaginación vino a mí.
Vino a mí la ciudad de Helsinki
derritiéndose cual tinta por el cristal de un tranvía, el cuello rasgado bajo
el corte del espejo, a Él* adentrándose en el bar que emanaba una luz púrpura
sanguinolenta, violenta. Sus palabras. Sus actos. Su olor. Sus sábanas.
De repente supe quién era esa
figura en la pared vidriosa. Era Él*. No podía ser nadie más.
La silueta se apagó.
Mis piernas
seguían petrificándose.
El sol seguía alzándose con la luz más fría que jamás
había percibido hasta entonces. Él* salió tras la pared, aún secándose el pelo.
Dio unas vueltas alrededor de mí.
-¿Qué estás haciendo
aquí?-preguntó finalmente, entre molesto y divertido.
-He venido a buscarte.-Y al
pronunciar esas palabras el sol me iluminó de lleno, del suelo salió una planta
de laurel que acabó por inmovilizarme los brazos, se aferraba a mi cuello. Sus
hojas me nublaban la vista. Movía la cabeza con agitación intentando verle por
completo, tarea difícil, pues no paraba de moverse.
Se acercó a mí, a una distancia
palpable y eléctrica, mientras yo seguía convirtiéndome en estatua y en laurel.
Puso la mano sobre uno de mis senos y sacó de dentro de la camiseta un lápiz.
Miró a su alrededor con mirada nerviosa, encontrando un trozo de cartón en una
esquina. Dio dos sonoros pasos, se agachó y volvió a clavarme sus ojos azules
con esa expresión. Divertido y cansado. Comenzó a escribir mientras leía en voz
alta: “Querida… ¿Ella*? Gracias por tu…
lápiz y papel en este momento. Me has ayudado mucho a… terminar esta nota”.
Se inclinó hacia mí para darme un
beso en la frente, que aún no estaba petrificada. Y me susurró al oído: “Por favor, déjalo ya”. Dio media vuelta
y se alejó, zambulléndose en la luz del amanecer.
Intenté gritar…
Y como
en sueños, volvió a sonar ese espeluznante aullido silencioso, similar a un
violín desafinado al que rasgan todas sus cuerdas a la vez. Es lo que ocurre cuando no puedes materializar el grito.
Estiré una mano.
Y allí me quedé.
Era una composición similar a la
Dafne de Bernini. Solo que esta vez, en vez de huir, perseguía.
Y había perdido la carrera.
Suena: Requiem --- Toundra
Yo, mis cosas raras y mi cabeza hueca.
Algún día hablaré del resto de capítulos de sueño.
No me gustan las biografías exactas y científicas del arte.
Maldigo a Winckelman a voz en grito por esa manía suya de hacer del arte una
ciencia, una línea recta. Por reducirlo a la sucesión, sin saber que es como un
vaso de agua de limpiar las acuarelas, donde los colores nadan como peces de
oro, hasta que uno devora al otro, quedando un resultado marrón, difuso,
destrucción, excremento.
El agua de limpiar pinceles siempre acaba con un tono
marrón grisáceo de lo más asqueroso.
“Las imágenes dalinianas configuran un mundo propio en el
que aspectos conocidos de lo cotidiano salen desvergonzada, impúdicamente, a la
luz. Muchos de esos aspectos (…) es posible que (…) fueran inventados (…) pero
Dalí los perfecciona, los devora, los digiere, haciéndolos suyos y defecándolos
con nueva fisonomía. Lo corporal, que siempre ha sido uno de los motivos
obsesivos de sus pinturas y dibujos, adquiere ahora el lugar capital. Lo
corporal no es lo noble y sólido que siempre preocupó a los artistas, es lo
degradado y blando, lo innoble, el resto de la actividad fisiológica, es
escupitajo, el excremento, la secreción, lo putrefacto… Dalí invierte los focos
de interés e introduce así una vida que ningún pintor se había atrevido a
representar.”
---Valeriano Bozal
Carne de Gallina Inaugural, Salvador Dalí
Ya no estamos hablando de los contornos sólidos, la línea
negra del cubismo, la ambición de posesión.
Estoy más de acuerdo con Dalí que con Picasso.
Picasso orientó su vida hacia el hecho de la Posesión.
La
posesión sexual, material, que tanto influyó su obra y que verdaderamente es lo
que le ha hecho ir cambiando poco a poco. El imponerse, el crecerse dentro de
su cascarón de nuez (en el que Dalí encerró a Gala en su Guillermo Tell). Y es que encierra a las mujeres, devora su
esencia, la plasma.
Es el minotauro, confuso, destructor, posesivo. Vencido por
el Teseo de su propia sombra. Cuando Picasso realiza la Minotauromaquia y los
grabados consecuentes, afirmará que era la peor época de su vida. Había llegado
a un círculo aburrido de posesión, único… Siendo la ternura de una niña lo que
despertaba su apetito. Y una vez que la hizo suya, que la plasmó en un cuadro,
que la encerró en la Historia, que la colgó de la pared… la colgó
definitivamente de su vida, sin saber nada. Y era quien sin embargo había
guiado su camino, quien no tenía miedo de él. Y sin embargo, sólo fue un
peldaño más en esa cadena de posesión. Luego fueron los éxitos rotundos, los
castillos, su propio mundo. Había creado un personaje, un Minotauro voraz de
dueño de su propio laberinto, que incluso acabó con el propio Picasso,
devorándolo y poseyéndolo. Dejando oculto en una maraña de pelos negros un
ápice de luz, de transparencia. De paisaje cristalino.
Minotauromaquia, Pablo Ruiz Picaso
“Ese mundo exacto, con la exactitud de una pesadilla, se
deforma, se convierte en referencia del deseo, símbolo de la sexualidad, hace
de la vida un terrible proceso de cristalización y mineralización. Los hombres
se identifican cada vez más con los paisajes minerales y traslúcidos y éstos
adquieren, en su limpieza, una nitidez que llega a provocar la náusea. Lo
blando y lo duro son los dos extremos de la misma cosa, y aquélla que parecía
la piadosa imagen del recogimiento (…) se convierte en avispero donde prolifera
lo monstruoso…”
--- Valeriano Bozal.
Minotauro ciego guiado por una niña, Pablo Ruiz Picasso
Dalí no hizo más que admitirse a sí mismo, y sacar a modo de
limpieza todo lo sucio que veía en él y en el mundo que lo rodeaba. En el
tiempo, en la política, en el amor.
Asumió su debilidad. Quiso que Gala lo
protegiera, lo quisiera mucho, para siempre. La debilidad bien delimitada no es
más que una gran fortaleza, expresiva, rabiosa, convulsiva, arrogante,
desgarradora, surrealista.
Cada cuadro era un suicidio.
Como la mantis
religiosa, la pintura se alimentaba del propio Dalí, lo decapitaba y se lo
comía en un festín macabro de escisión: escisión de una idea, de un sueño, de
una pesadilla. Se libera, se limpia. El artista se convierte en ese cajón con
la cuarta dimensión, que no para de sacar cosas de sí para limpiarse y quedar
vacío, aún sin saber que jamás dejará de estar repleto, completo, preciso, explosivo.
Y eso llegó a aterrorizar al mismo Buñuel. A Breton, quien lo automático se
había vuelto contra él, rompiéndole el espejo en la cabeza.
Metamorfosis de Narciso, Salvador Dalí
Narciso se derrite, mientras contempla cómo de la historia
surge su reflejo y la evolución, igual y distinto. Ese nacimiento a partir de
la muerte hace mirar con un poco de positivismo esa decadencia de la moral, de
la cultura, ese asno que se descompone sobre un piano de cola… Alimento para
nueva vida, para insectos, movimiento.
Es un proceso de retroalimentación. Dalí está asustado del
mundo y su devenir, de cómo el tanque aplasta la flor, de cómo la dictadura, la
opresión, el canibalismo… la figura del Padre, es capaz de atacar al hijo con
una flecha, como Guillermo Tell. Cómo una idea ingenua (como de un niño en el
sentido más romántico de la palabra, al sentido de Otto Runge), utópica,
expresiva, neohegeliana como pudo ser Marx, se vio tan alterado por el devenir de la
historia, comparando a ese devenir con los grandes monstruos de la historia,
con la esvástica y la violencia.
Lo oscuro del contraluz.
Now Playing: Maybeshewill --- Take this to Heart
I was here for a moment. Then, I was gone.
Para mí, dentro del arte español, Dalí es un
Teseo y Picasso un Minotauro. Papeles
que eligieron mucho antes de nacer (como artistas, se entiende). Cuando estoy melancólica, escribo mucho mejor de arte. Siempre al estilo Baudelaire. Lo que me gusta, me gusta. Y punto.
Me he dado
cuenta de que cada “amor de mi vida” me ha hecho cambiar algo, me ha ido
modelando hasta dejar de esbozar el non finito de mi cuerpo y de mi alma.
El primer
golpe que quebró el bloque de mármol, que abocetó unos ojos con los que mirar
el mundo lo dieron temprano, incluso cuando el material amenaza romperse. Fue
un golpe audaz. Una obra maestra.
Así se han ido
sucediendo las manos que por esa obra de mármol han pasado. Aunque eso no hace
menos fría la piedra ni menos difícil su trabajo. Lo que pasa es que, no
estamos hablando de una escultura de verdad.
A unos los
echo más de menos que a otros. Y todos han tenido un papel importante en esa
forja. Estoy bastante contenta, en cierto modo debería estar agradecida. Me
gusta caminar por mí misma, no ser sumisa, hacer lo que quiera, no renunciar
jamás a sueños y metas. Me gusta mi pelo más corto, mi altura. Me gustan mis
ojos y me gusta mi música, mi país y mi cultura, aunque tenga sed de otras
nuevas, de nuevos intercambios. Al fin y al cabo no estoy hablando más que de pequeñas piedras de una montaña de cumbre imperceptible.
Me gusta
marcar el ritmo de la música con la cabeza.
"Hoy que ya lo
sé, que te he amado tanto,
Se rompe mi
canto en la orilla opuesta a la que puse proa.
Me cuesta
alejarme de esa turbulencia,
De ese
desatino que fue mi vagar
Ungido a un
destino que excelso creí y que fue casual.
Un alma de
papel es lo que necesito
Un alma de
papel y alambre.
Un alma de
papel es lo que necesito,
Y espinas y
malas hierbas
Que enciendan
mi dormida carne.
Petrificarme
por lo que haya que venir,
Dar sin pedir,
reír, llorar, reír,
Dulcificarme
por lo que pueda ser,
A evaporarse
aprender,
A saltar los
cerrojos que encarcelan el alma,
No acudir a
citas en las que el corazón
Tenga que
golpetear desganado.
Un alma de
papel es lo que necesito
Un alma de
papel y alambre.
Un alma de
papel es lo que necesito,
Y espinas y
malas hierbas
Que enciendan
mi dormida carne.
Un alma sin
espinas, eso necesito.
Un alma de
secuencias vanas.
Un alma
insurrecta es lo que necesito,
Y engaños y
abalorios
Que deslumbren
la desgana.
Me cuesta
saberme paria desahuciado,
Pez ultramarino
de un fondo coral,
Neptuno abatido
Que despanzurraste
sin pestañear.
Un alma de
papel es lo que necesito.
Un alma de
cordel y esparto.
Un alma de
papel es lo que necesito,
Y botas de
siete leguas
Que aviven mi
dormido paso".
Manolo García.
Amén.
Now Playing: Un alma de papel --- Manolo García
Now Playing: Cadilac Solitario --- Loquillo
Especialmente
dedicada a esa persona que me pareció excelsa y fue una casualidad. Una
casualidad pegada a una guitarra. Quien sin hablar, me ha enseñado tanto.
Alma
tarambana. La última pincelada (que coloreó el mármol blanco).
Y cerraré la puerta tras de mí, como Khnopff, con una sonrisa y una mochila a la espalda. Espero pasar por la vida como si nada. Como una ráfaga de aire. Con una sonrisa en los labios.