martes, 15 de octubre de 2013

Luz naranja

Firenze window at night, Colin Prince 

No podía dormir.

No podía dormir y no paraba de dar vueltas en la cama. Los pies aún fríos luchaban contra un nudo de sábanas. La almohada la asfixiaba y el sudor no saciaba su sed.

Abría los ojos y aparecía el espectro naranja del centro de la ciudad. Pixelado por las rendijas de la persiana. Parecía su edredón un manto de estrellas incómodo.

Cada vez que intentaba cerrar los ojos se agitaba en sueños.

Y soñaba.

No los sueños plácidos de una niña sin preocupaciones. Dormía repasando mentalmente todas las cosas por hacer que no había empezado. Ordenada, vestía y aderezaba los fantasmas de noches en vela delante de los libros. Delineaba en los folios a carboncillo los barrotes de su cárcel.

Y soñaba.

Con verdes colinas y una villa blanca de tres pisos. Con bosques de columnas corintias. Con una sombra que se cernía sobre ella, que no la dejaba escapar de esa bucólica pesadilla. Alguien se aferraba a su cintura, la amenazaba de muerte. Pero sus ojos no captaban más que belleza. Allá lejos en la colina, el viento mecía las adelfas. Tras de sí, un monstruo trajeado juraba arrebatárselo todo.

Intenta correr. Intenta salir allá donde las altas hierbas la oculten. Allí donde estará felizmente sola, lejos de esas columnas de esa blancura impoluta y del dolor en el pecho, como si la hoja de un puñal la hubiera atravesado y no la dejara escapar.

Y despertó.

El sudor bañaba sus piernas. El pelo enmarañado parecía un río de tinta por su espalda.

Abrió los ojos durante un largo rato. Tomó consciencia de todo cuanto la rodeaba: la mesita de noche seguía igual, con el libro casi al borde, la lámpara vieja y el reloj entonando el réquiem de la noche.

Por un momento sintió nostalgia. Se hizo un ovillo entre sus sábanas y llenó su mente con ideas que la hacían feliz.

El invierno en el pueblo, las calles grises, oscuras y espejadas por la lluvia. El sonido de la nieve bajo las pisadas. El abrazo de una madre debajo de las mantas. Un gato ronroneando al lado de la chimenea. La nariz sonrojada por el frío ante una taza de chocolate caliente.

Y entonces pensó en la distancia.

En el sol naranja, elevándose en un paisaje a kilómetros de allí, tanto en el espacio como en el tiempo. En los árboles blancos. En la noche más oscura. En el ruido del silencio. En la nieve bajo los pies descalzos. En el olor a madera quemada en invierno.

Y así volvió a dormir por fin.


Y los sueños la dejaron soñar despierta.


Now Playing: Wind --- Brian Crain.



Y así se pasan las noches. Cada una copia de la anterior. Hasta que ordene los papeles mojados del día a día y deje de soñar.

sábado, 28 de septiembre de 2013

Del Narcisismo: adictos al Espejo.


Narciso; M.A. Merissi da Caravaggio

 Hoy vengo a hablaros de un fenómeno que se ha tendido a criticar demasiado en la sociedad en la que vivimos; acto incongruente si tenemos en cuenta que en la sociedad (como la llamamos) de los Mass Media, o la Sociedad de Masas, cada vez tendemos a alzarnos en una pugna individualista por encima del resto apelando bien a nuestras cualidades inmanentes o a aquellas que hemos logrado a través de la filosofía, del arte o de la literatura con el paso del tiempo. Y esa búsqueda de un arsenal ideológico no es más que una búsqueda de nosotros mismos en el tiempo y en la mente de otros hombres. No es más que un intento de justificar nuestro parecer, nuestros sentimientos, etc. ante el Mundo.

Reafirmarnos, hallarnos en el espejo de la historia y del pensamiento. Porque la imagen de nosotros mismos que en él vemos nos gusta más que la del espejo del cuarto de baño.

Freud hablaba a principios del siglo XX del paralelismo que existe entre el concepto de Yo, la Sublimación (entendida como la creación) y el artista. El Yo es algo que no sólo toma el artista como tema de la obra, sino que pretende que sea además el espectador ideal, el lector ideal (eso con lo que todo creador ha soñado), que al fin y al cabo no es más que un reflejo de sí mismo. El Yo es el sujeto y el objeto.

Pese a esto, Freud descalificaba bastante la creación artística y no es ese el matiz al que yo quiero llegar con todo esto. Sin embargo, prosigamos paso a paso.

Freud hablaba de la vida imaginaria del artista. Hablaba del creador como de un ser insatisfecho que plasmaba en se obra una vida imaginaria, unos valores donde pretendía que todo el mundo se reflejase y se regocijase en ellos, para así lograr la aceptación. 

Al fin y al cabo no es más que dar otra vuelta de tuerca: el artista crea algo que sale de su subconsciente, plasma algo íntimamente suyo, pero con los matices de unos valores socialmente aceptados, de modo que todo el mundo se vea reflejado en ellos y se regocijen. ¿Por qué? Porque ya han encontrado un discurso dialéctico en el que verse reflejados, ya han encontrado unos pilares ideológicos en los que cimentar sus tristes vidas.

Somos unos malditos adictos al reflejo.

Los Embajadores; Hans Holbein el Joven

Lacan le puso voz a la calavera del cuadro Los Embajadores de Holbein poniendo en su mandíbula (porque está más claro que el agua que las calaveras no tienen labios): “Nunca me miras desde el lugar que yo te veo”.

Esa frase entronca con otra preocupación contemporánea. 

Los Mass Media nos han hecho tener miles de facetas, en cada perfil desarrollamos de forma caricaturesca cualquiera de nuestras aptitudes o rasgos del carácter, nos desinhibimos, nos deformamos, en una burlesca anamorfosis que hace ver de nosotros cosas diferentes dependiendo del punto del que se mire. Y cuando no recibimos la atención que buscamos nos ofuscamos, cambiamos, mutamos en otra anamorfosis… Y el mundo marcha.

La calavera del cuadro de Holbein, vista del lateral derecho
 
Los escritos de Lacan son interesantes en cuanto a sus reflexiones sobre la forma de mirar y de ser vistos (lo mismo le ocurre a un cuadro, vayáis a pensar). Esto se verá reflejado en su Estadio del Espejo

El Estadio del Espejo es una tesis a cerca de la necesidad que tiene el Yo de ser reconocido por otros y de la construcción simbólica de la identidad. Todo esto lo formula desde un punto de vista evolutivo.

Cuando un niño tiene seis meses, no tiene conciencia de cómo es, pues ve su cuerpo fragmentado.  Hasta los 18 meses de vida, no es consciente de su corporalidad hasta que se sitúa delante de un espejo. Comienzan a tomar consciencia de un yo corporal completo, pero claro, ese ideal se encuentra dentro de un espejo. El niño se seguirá viendo a sí mismo como un ente fragmentado, pese a reconocer su corporeidad completa en otra dimensión: la del espejo.

Venus del Espejo; Diego Velázquez


Dice Lacan: el yo del espejo no sufre

La identificación que el hombre adulto establezca con sus congéneres seguirá manteniendo ese matiz. El hombre, cuando viva en sociedad, sentirá la necesidad de reconocerse en el otro, en sus congéneres. Esa necesidad le hará entablar relaciones de amistad, fascinación, amor y odio con el resto. También puede surgir la inseguridad, al ver que lo que el resto ve de nosotros no es más que una realidad fingida, falsa, desfigurada. Poseen una información errónea de nosotros mismos. 

Según Lacan, la forma más común de superar esa inseguridad es a través de la agresión: eliminar esa imagen difusa de nosotros mismos: invertir las posiciones respecto al espejo, pasar al otro lado, y volver a ser un ser completo. 

Pero eso es imposible.

Now Playing: Souvenir d'un Autre Monde --- Alcest




Después de todo este análisis, quiero dejar muy claro que las pretensiones creativas de cada uno pueden albergar estadios muy diferentes (aunque una parte de ese impulso siempre sea el dar a conocer al resto un fragmento oculto de nosotros mismos del que puede que ni siquiera seamos conscientes).

A donde quería llegar era a la siguiente idea:

Nos sentimos atraídos hacia una manifestación artística siempre que nos veamos reflejados en ella, de un modo u otro. Bien porque hay un matiz que habla de nosotros mismos, bien porque la comprendemos y con eso la hacemos un poquito más nuestra.

Quiero lanzar la idea de que existe un estilo de arte o un movimiento del pensamiento específico para cada uno de nosotros (que suele ir cambiando con el tiempo) y que depende de lo duchos que seamos en el campo en cuestión y de nuestro interés.

Una persona que no entienda de Arte, por ejemplo, como diría Ortega y Gasset (aunque no estoy del todo de acuerdo con su punto de vista, es más, lo detesto en su mayoría), se sentirá atraída y más cómoda con una obra hiperrealista, puesto que la entiende, está acostumbrada a encontrar todos los elementos del cuadro en la vida real, los nombra, los reconoce, conoce la utilidad y la función que tienen en el mecanismo del mundo en el que vive. 

Sin embargo, hay quien puede ir un poco más allá, es capaz de ver en la forma el concepto, el que es capaz de ver con los ojos cerrados.

No estoy defendiendo el Arte Conceptual tampoco

Siempre debe de haber algo claro y reconocible. No me gusta el Arte para unos pocos. Pero sí debe de haber cierto veto. El Arte debe mostrar algo reconocible, una imagen. Sin embargo el concepto, el reflejo del artista, debe de permanecer entre bastidores. El alma, el pensamiento, debe de quedar reservado sólo para esos pocos a los que el artista de verdad quiere comunicar algo.

Al fin y al cabo es como en todos estos perfiles de Internet: no deberíamos mostrar una imagen hiperrealista. Tampoco algo críptico, pues el espectador lo tacharía de agresivo y lo odiaría. Sencillamente hay que hablar para los pocos que queremos que nos escuchen. Hay que crear para quien queremos que nos reciban. Y nos valemos del lenguaje, que de un modo y otro todos reconocen. 


Desnudarse gratuitamente delante de todo el mundo no es algo demasiado elegante. Quien quiera desnudarte, que se moleste en conocerte. Puede que encuentre en tu piel el espejo en el que buscaba reflejarse.


Puede que encuentre sencillamente un lienzo en blanco.

viernes, 30 de agosto de 2013

De descripciones va la cosa // Les descriptions d'un romance

El bebedor de Absenta; Pablo Ruiz Picasso

Estaba yo sentado en un antiguo café del barrio de Montparnasse. Qué importa el nombre. 

Todas las noches solía dejarme caer por ese rincón que apestaba a madera acre y a absenta. Siempre que andaba cabizbajo y apesadumbrado por el abandono del genio me acercaba a buscar las letras en la atmósfera pegajosa de aquel lugar. Muchas veces sin éxito. Otras tantas, el éxito se dejaba vislumbrar bajo cualquier nombre femenino:

Lulú olía a sábanas blancas y a salobre del Sena. Fernande a aguarrás y disolvente, a color y forma. Se escapan los suspiros de mis labios y sus nombres de mi pluma, o de mi cuchillo. Grabándose en las maderas de las mesas, perdurando allí hasta Dios sabe cuándo.

Cavilaba yo en mis pensamientos más profundos cuando avisté un mundano milagro. 

Aún era muy temprano para que el café estuviera lleno. Además, el cielo que amenazaba romper a llorar mantenía bajo aviso a todo transeúnte medianamente prudente, o a cualquiera que tuviera algo mejor y más cálido que hacer que aventurarse calle abajo en mitad de una fuerte y fría lluvia de otoño.

Alcé la vista hacia la mesa que tenía frente a mí, iluminada por un puñado de velas titilantes. Por un momento olvidé los nombres de mis antiguas musas. Había encontrado dos de verdad. Y para no tirar por tierra aquel momento de lucidez o de ensoñación dulce y ponzoñosa (quizás originado por una tercera copa de vino caliente), decidí ir apuntando en una servilleta todo cuanto mis ojos o mi subconsciente iba captando, hasta formar mi propia historia.

Para empezar, había dos chicas en la mesa. Deberían rondar la veintena años por la complexión de sus cuerpos, pero sus ojos desvelaban estar fraguados y templados por un fuego que hubo de arder hacía siglos, en cada par a su manera. Se mantenían una en frente de la otra, sosteniéndose las miradas y sin terciar palabra. Todo lo que hubiera de decirse estaba ya más que escrito. 

Empezaré por la chica a mi derecha:

Su postura era más que delicada. Era una bailarina degasiana congelada sobre una silla de taberna. La piel blanquísima y el cabello negro como el azabache, que se derramaba sobre sus hombros como si Balzac hubiera volcado un tintero de seda negra para escribir los mejores versos de amor. De hecho, tenía tinta en el cuerpo. Entre uno de los muchos pliegues de una camisola satinada de color burdeos asomaba una de sus piernas, grácil y fuerte, tensa. Parecía tener escrita una partitura subiendo en ese fragmento blanco, en ese pentagrama ascendente, que sólo podía llegar a la disonancia
.
Olía a infancia. Pude captar su aura desde mi esquina. Y cada vez que oteaba en rápidos movimientos los confines de la estancia de madera, sentía florecer la simiente de sus ojos verdes allá donde posaba la mariposa de su mirada. Tranquilamente, removía un brebaje que desprendía los efluvios de jazmín y del Mediterráneo. 

Ella era luz, era verso, era danza. Su cara era la luna llena en el cielo de una noche de verano.

Antes de sentirme del todo hechizado por tal angelical aparición y no poder mirar a ninguna otra parte, decidí completar la imagen de mis sueños con la otra presencia a mi izquierda, que por un momento había empequeñecido al lado de la blanca doncella.

Comenzaré por donde comencé con la otra. La posición.

Diría que era mucho más masculina, aunque comparada con su acompañante, hasta la más sutil de las princesas parecería un rudo marinero de Saint-Malo. Se sentaba con los codos sobre la mesa, y las piernas ligeramente separadas, flanqueando una negra taza de café de un olor extraño y fuerte.

Olía a adrenalina, a fuerza y a pasión, como el galope templado de un caballo. Sus ropajes, de color verde oscuro, de una tela aterciopelada. Contrastaban con el caramelo que destilaban sus poros. Era el contraste perfecto, como el bosque que crece airoso a los lados de un camino solitario, camino a quién sabe dónde.

Si bien sus rasgos eran más redondeados, sus labios más carnosos, besables y mordibles, sus ojos ardían con fiereza, imponentes, como un volcán en erupción. Su expresión era sublime, era una catástrofe natural encerrada en una cárcel corpórea. Las velas de la habitación hacían saltar chispas en ella, reflejando el rojo del fuego tanto en su mirada (que caldeaba a su paso y helaba a la vez) como en su pelo, algo más corto, de un castaño exquisito, ardiente, radiante, como el barniz del artista.

Jugueteaba con los dedos, haciendo movimientos reflejos con las manos, como si tocara un fortepiano. Y Dios sabía que su aura era el forte, sus curvas el piano. Brillaba con luz propia, pero no de forma evanescente como su acompañante, sino dorada, airosa, victoriosa. Irradiaba el sonido de una corneta de batalla, el destello del cobre y la fragua dormían encerrados en aquella piel tensa. Cualquiera diría que llevaba un sol grabado en la piel y el Bóreas ondulando entre sus cabellos, anidando en el semblante. Si afinaba el oído escuchaba el tambor de guerra retumbar en su pecho, el ronco silbido de la bandada de pájaros que vuela al norte entre las aletas de su nariz.

Ambas dos eran la antítesis la una de la otra a su manera.

No habría parado de mirarlas, aunque en no hacerlo me fuera la vida. Estaban allí, congeladas, con un juego de miradas. Una empuñaba una espada con las pupilas. Otra una pluma. Una dictaba los versos. La otra buscaba el modo de hacerlos corpóreos y reales.

Y fue entonces cuando lo comprendí todo:

Eran musas de verdad. 

Había logrado el estado del que Blake escribió y ese que Moureau pintó una vez. Se me habían aparecido las Musas, encerradas en dos realidades equidistantes en el espacio, complementarias en las Artes. Habían tomado hacía mucho caminos diferentes y en ese momento se habían encontrado. Una batalla se estaba librando en ese momento, en esa vacía habitación. Y yo era el único espectador.

La primera era una canción a la luna, a la delicadeza y a la belleza, a la danza y a la poesía. Sembraba a su alrededor laureles y amapolas, enredaderas que acabaron rozándome y esposando uno de mis brazos, uniéndolo al papel. Y lo supe en el momento en que ella me atravesó con sus ojos esmeralda.

La segunda era el sol de media noche, era la fuerza y la pasión. Un canto a los héroes, a la música y a la pintura. Prendió una hoguera en mi pecho con sólo ponerme en su punto de mira, a través de esas dos obsidianas que tenía por ojos. Y lo supe en el momento en que ladeó sus labios en una mueca burlona y sarcástica. De repente dio un golpe en la mesa, levantándose como un tigre furioso.

Todo me dio vueltas por un instante. El café dibujó una espiral, las flores inundaron el cabello de la primera musa. Una vorágine de seda roja y terciopelo absorbió a ambas personalidades.

Pestañeé un segundo y la no estaban.

Una era la Historia, otra el Sentimiento.

Una el rozar de los labios en un beso. La otra la lengua libidinosa y cálida. 

Una era una caricia. La otra un puñetazo. El puñetazo que me devolvió al mundo real.

Me vi absorto, mirando la nada, los papeles que rodaban por el suelo cuando la campanilla de la puerta sonó. En mi cuaderno sólo tenía escrita una línea recta, atravesada por un Sol y una Clave de Sol. Oí unos pasos que se aproximaban hacia mí.

Era ya de noche.

Era mi buen amigo Hemingway.

Sonreí.


Now Playing: C'est Beau --- Les Ogres de Barback



Y esto es lo que pasa cuando me pongo a delirar sobre un cuadro. ¡Qué Tracy Chevalier ni qué niño muerto...!

martes, 20 de agosto de 2013

Del miedo a la Muerte, entre otras cosas // Tuonen Joutsen

Cuestionarse la naturaleza de las religiones y de la mitología de los diferentes países y de las diferentes culturas a veces puede llegar a ser productivo. Del mismo modo, diría que no existe una sola religión verdadera, sino que el ser humano tiende a crearse una serie de mundos y de roles que se corresponden totalmente con los arquetipos de los que Jung escribió un día.

Tuonela; de Vertti Teräsvuori


Jung fue un filósofo a caballo entre el siglo XIX y XX, que alcanzó parte de su reconocimiento debido a los estudios que realizó en colaboración con Freud, aunque se fue distanciando de las ideas de su colega con el tiempo, pues pese a considerar fundamental el desarrollo del individuo en la sexualidad, Jung le dará mayor importancia a la existencia de un trasfondo ancestral al que llama Inconsciente Colectivo que no se encuentra ni reprimido ni olvidado, sino formando una parte activa dentro del sujeto, quien lo expresa a través del arte y de los sueños. Es algo que forma parte de la memoria de la humanidad, de la experiencia hereditaria del hombre y se refleja a través de los mitos, las leyendas, etc. que encierran la sabiduría de la raza humana. Son los sedimentos de la experiencia milenaria de la humanidad.

Estos sedimentos contienen los arquetipos

Los arquetipos son configuraciones formales que se repiten en el folklore, en el saber tradicional, mitos y tradiciones, y que permiten intuir la existencia de un origen común de la humanidad. Estas configuraciones formales pueden ser dragones, sombras, tronos, ángeles, divinidades, héroes, etc. Son imágenes primordiales que se encuentran en cualquier civilización y en cualquier tiempo. Sin embargo, están vacías de contenido.

Los arquetipos son los creadores de mitos, religiones, filosofía, etc. influyendo a naciones enteras, civilizaciones y épocas de la historia.

Tuonela; de Juri Asano


Ahora bien, partiendo de la idea de los arquetipos junguianos, me gustaría hablar de uno en concreto que atañe a todas las historias de mitología y religión. Y es que ¿en qué mito o historia no existe un Reino de los Muertos? 

El Infierno cristiano, el Hades griego, el Duat egipcio, los Reinos de Samsara en el Budismo, caer del puente Sirat para el Islam, el Sheol judío, el Helheim nórdico, el Tuonela para los ugro-fínicos...

Es en éste último en el que me quiero centrar.

Tuonela es el nombre que se le da dentro de la mitología nacida en el lago Ladoga, en la Edad de Bronce, a la Tierra de los Muertos. Se conoce principalmente gracias al Kalevala de Elias Lönnrot, poema épico finés por antonomasia.

Cuenta la leyenda, que cuando la luz de la vida se escapaba de los mortales hacia la fría e infinita noche, el alma peregrina ponía rumbo al río Tuoni, oscuro y silencioso. Allí, un cisne erraba solitario por las aguas negras espejadas. Paliaba su solitaria existencia esperando a la barcaza que surcaba el río transportando las almas dirigidas a Tuonela.

El Kalevala nos cuenta la historia de varios héroes que pasan por Tuonela en algún momento de sus andanzas.

Väinämöinen es retado a bajar al mundo de los muertos para recoger el hechizo de la vida eterna, para averiguar el enigma de la muerte. Tuonen Tyttö (la Niña del Tuonela) lo guía en un viaje por el reino de los muertos, mostrándole sus confines. Pero Väinämöinen no encuentra más que negrura, dominada por las Criaturas de las Tinieblas, que le instan a quedarse de una forma muy poco amigable. Afortunadamente, Väinämöinen consigue vencerlas y ascender al reino de los vivos. Una vez allí, maldice a todo aquel que decida adentrarse, en vida, en el reino de Tuonela, pues nada escapa a las garras de la muerte.

Lemminkäisen äiti; de Akseli Gallen-Kallela (uno de mis artistas favoritos de Finlandia)


Lemminkäinen, el gran guerrero heroico del Kalevala, chaman y hechicero, también consigue escapar de Tuonela en una ocasión. Sin embargo, no corrió la misma suerte que Väinämöinen y no pudo salir por su propio pie. Una de las pruebas a las que fue retado este héroe, era capturar al cisne que anidaba en Tuonela, sucumbiendo en el intento ante la bravura de las aguas del Tuoni. Su madre lo rescata del río, llevándolo a una orilla y mandando a las abejas a recoger miel de diversa procedencia para devolverle el aliento a su hijo.


Now Playing: Land of the Dead --- Summoning



Si es que, por mucho que nos pongamos a discutir, el ser humano siempre se ha centrado en crear una especie de culto hacia la muerte desde bien entrado el Neolítico. El aferrarnos profundamente a unas creencias no nos hace más evolucionados o menos, mejores o peores. Sencillamente demuestra que necesitamos el bote salvavidas de la Fe en algo que nos salve del miedo a las aguas negras del Tuonela...


a las aguas negras de la Muerte.

domingo, 28 de julio de 2013

Sueño Irrealidad



Hace un par de noches tuve un sueño. 
Bueno, eso ocurre casi todas las noches, cada cual más extraño.

Estoy de acuerdo con André Breton cuando dijo que los sueños son una segunda vida; llena de lagunas una vez despiertas. 

A veces creo vivir una segunda vida muy lejos de aquí. Allí donde mi imaginación me dice que es Helsinki (cuando sé de primera mano que no lo es). Allí, donde no hay más que calles laberínticas y oscuridad. Allí, donde finalmente, alguien dentro del sueño me instó a dejar de perseguirlo: dejar de perseguir un Sueño.

Querida… Ella*.
Gracias por tu… lápiz y papel en este momento.
Me has ayudado mucho a… terminar esta nota.
Por favor, déjalo ya.

Las calles eran serpenteantes y oscuras. La única luz que me guiaba a seguir por los meandros de piedras era de color púrpura, como si yo fuera un mosquito que se dirigía a una trampa invisible. Las calles estaban plagadas de puertas, que daban a otras calles, a casas. La gente se arremolinaba en el bar, sin captar mi presencia. Inundados en esa luz púrpura, ajenos a mi persona; yo, plantada en mitad de ningún lado, con una rosa de los vientos incandescente bajo los pies y un mapa en las manos.

Abrí la puerta del baño y volví a salir a la calle.

Las paredes de las casas habían tornado en paneles de vidrio lluvioso, como si tras cada casa se encerrara una tormenta. Y entonces vi una silueta que me era muy familiar. Estaba bañándose en la tormenta. La luz de la rosa de los vientos se apagó, y de repente me vi enfrascada en una luz gris. La luz de un amanecer incierto. Kaamos.

La desierta calle estaba transitada de nuevo. El cristal de las paredes comenzó a volverse opaco. Pero todavía estaba insinuada la figura del bañista, justo en frente de mis ojos. La gente que pasaba por mi lado decía:

Eres la última esperanza que nos queda.
Si no hablas, no se podrá cerrar la historia.
Tienes que hablar.
Jaque.

Y así seguían, desvaneciéndose como humo cuando me giraba a mirarlos. Sin embargo, no podía mover las piernas del sitio. Me estaba convirtiendo en una estatua y el laurel crecía ya a la altura de mis tobillos.

Entonces tuve un dejá vu en mitad del sueño. 

Toda esa historia que había mantenido noches atrás dentro de mi imaginación vino a mí.

Vino a mí la ciudad de Helsinki derritiéndose cual tinta por el cristal de un tranvía, el cuello rasgado bajo el corte del espejo, a Él* adentrándose en el bar que emanaba una luz púrpura sanguinolenta, violenta. Sus palabras. Sus actos. Su olor. Sus sábanas.

De repente supe quién era esa figura en la pared vidriosa. Era Él*. No podía ser nadie más.

La silueta se apagó. 

Mis piernas seguían petrificándose.

El sol seguía alzándose con la luz más fría que jamás había percibido hasta entonces. Él* salió tras la pared, aún secándose el pelo. Dio unas vueltas alrededor de mí.

-¿Qué estás haciendo aquí?-preguntó finalmente, entre molesto y divertido.

-He venido a buscarte.-Y al pronunciar esas palabras el sol me iluminó de lleno, del suelo salió una planta de laurel que acabó por inmovilizarme los brazos, se aferraba a mi cuello. Sus hojas me nublaban la vista. Movía la cabeza con agitación intentando verle por completo, tarea difícil, pues no paraba de moverse.

Se acercó a mí, a una distancia palpable y eléctrica, mientras yo seguía convirtiéndome en estatua y en laurel. Puso la mano sobre uno de mis senos y sacó de dentro de la camiseta un lápiz. Miró a su alrededor con mirada nerviosa, encontrando un trozo de cartón en una esquina. Dio dos sonoros pasos, se agachó y volvió a clavarme sus ojos azules con esa expresión. Divertido y cansado. Comenzó a escribir mientras leía en voz alta: “Querida… ¿Ella*? Gracias por tu… lápiz y papel en este momento. Me has ayudado mucho a… terminar esta nota”.

Se inclinó hacia mí para darme un beso en la frente, que aún no estaba petrificada. Y me susurró al oído: “Por favor, déjalo ya”. Dio media vuelta y se alejó, zambulléndose en la luz del amanecer. 

Intenté gritar… 

Y como en sueños, volvió a sonar ese espeluznante aullido silencioso, similar a un violín desafinado al que rasgan todas sus cuerdas a la vez. Es lo que ocurre cuando no puedes materializar el grito.

Estiré una mano.

Y allí me quedé.

Era una composición similar a la Dafne de Bernini. Solo que esta vez, en vez de huir, perseguía.



Y había perdido la carrera.


Suena: Requiem --- Toundra



Yo, mis cosas raras y mi cabeza hueca.
Algún día hablaré del resto de capítulos de sueño.
Sólo si me preguntáis.


domingo, 30 de junio de 2013

El Duelo. Yo, Baudelaire.

The Seventh Seal, Macabre Dance


Burros sobre pianos
Contraposiciones y reflejos truncados, diluidos.
La Grandeza y el camino.
Dalí contra Picasso.
Rígido y lánguido.
Ant-Agonismo.
Ant-Agonía.


No me gustan las biografías exactas y científicas del arte. 

Maldigo a Winckelman a voz en grito por esa manía suya de hacer del arte una ciencia, una línea recta. Por reducirlo a la sucesión, sin saber que es como un vaso de agua de limpiar las acuarelas, donde los colores nadan como peces de oro, hasta que uno devora al otro, quedando un resultado marrón, difuso, destrucción, excremento.

 El agua de limpiar pinceles siempre acaba con un tono marrón grisáceo de lo más asqueroso.

“Las imágenes dalinianas configuran un mundo propio en el que aspectos conocidos de lo cotidiano salen desvergonzada, impúdicamente, a la luz. Muchos de esos aspectos (…) es posible que (…) fueran inventados (…) pero Dalí los perfecciona, los devora, los digiere, haciéndolos suyos y defecándolos con nueva fisonomía. Lo corporal, que siempre ha sido uno de los motivos obsesivos de sus pinturas y dibujos, adquiere ahora el lugar capital. Lo corporal no es lo noble y sólido que siempre preocupó a los artistas, es lo degradado y blando, lo innoble, el resto de la actividad fisiológica, es escupitajo, el excremento, la secreción, lo putrefacto… Dalí invierte los focos de interés e introduce así una vida que ningún pintor se había atrevido a representar.”

---Valeriano Bozal

Carne de Gallina Inaugural, Salvador Dalí

Ya no estamos hablando de los contornos sólidos, la línea negra del cubismo, la ambición de posesión.

Estoy más de acuerdo con Dalí que con Picasso.

Picasso orientó su vida hacia el hecho de la Posesión

La posesión sexual, material, que tanto influyó su obra y que verdaderamente es lo que le ha hecho ir cambiando poco a poco. El imponerse, el crecerse dentro de su cascarón de nuez (en el que Dalí encerró a Gala en su Guillermo Tell). Y es que encierra a las mujeres, devora su esencia, la plasma.

Es el minotauro, confuso, destructor, posesivo. Vencido por el Teseo de su propia sombra. Cuando Picasso realiza la Minotauromaquia y los grabados consecuentes, afirmará que era la peor época de su vida. Había llegado a un círculo aburrido de posesión, único… Siendo la ternura de una niña lo que despertaba su apetito. Y una vez que la hizo suya, que la plasmó en un cuadro, que la encerró en la Historia, que la colgó de la pared… la colgó definitivamente de su vida, sin saber nada. Y era quien sin embargo había guiado su camino, quien no tenía miedo de él. Y sin embargo, sólo fue un peldaño más en esa cadena de posesión. Luego fueron los éxitos rotundos, los castillos, su propio mundo. Había creado un personaje, un Minotauro voraz de dueño de su propio laberinto, que incluso acabó con el propio Picasso, devorándolo y poseyéndolo. Dejando oculto en una maraña de pelos negros un ápice de luz, de transparencia. De paisaje cristalino.

Minotauromaquia, Pablo Ruiz Picaso

“Ese mundo exacto, con la exactitud de una pesadilla, se deforma, se convierte en referencia del deseo, símbolo de la sexualidad, hace de la vida un terrible proceso de cristalización y mineralización. Los hombres se identifican cada vez más con los paisajes minerales y traslúcidos y éstos adquieren, en su limpieza, una nitidez que llega a provocar la náusea. Lo blando y lo duro son los dos extremos de la misma cosa, y aquélla que parecía la piadosa imagen del recogimiento (…) se convierte en avispero donde prolifera lo monstruoso…”

--- Valeriano Bozal.

Minotauro ciego guiado por una niña, Pablo Ruiz Picasso

Dalí no hizo más que admitirse a sí mismo, y sacar a modo de limpieza todo lo sucio que veía en él y en el mundo que lo rodeaba. En el tiempo, en la política, en el amor. 

Asumió su debilidad. Quiso que Gala lo protegiera, lo quisiera mucho, para siempre. La debilidad bien delimitada no es más que una gran fortaleza, expresiva, rabiosa, convulsiva, arrogante, desgarradora, surrealista. 

Cada cuadro era un suicidio. 

Como la mantis religiosa, la pintura se alimentaba del propio Dalí, lo decapitaba y se lo comía en un festín macabro de escisión: escisión de una idea, de un sueño, de una pesadilla. Se libera, se limpia. El artista se convierte en ese cajón con la cuarta dimensión, que no para de sacar cosas de sí para limpiarse y quedar vacío, aún sin saber que jamás dejará de estar repleto, completo, preciso, explosivo. Y eso llegó a aterrorizar al mismo Buñuel. A Breton, quien lo automático se había vuelto contra él, rompiéndole el espejo en la cabeza.

Metamorfosis de Narciso, Salvador Dalí

Narciso se derrite, mientras contempla cómo de la historia surge su reflejo y la evolución, igual y distinto. Ese nacimiento a partir de la muerte hace mirar con un poco de positivismo esa decadencia de la moral, de la cultura, ese asno que se descompone sobre un piano de cola… Alimento para nueva vida, para insectos, movimiento.

Es un proceso de retroalimentación. Dalí está asustado del mundo y su devenir, de cómo el tanque aplasta la flor, de cómo la dictadura, la opresión, el canibalismo… la figura del Padre, es capaz de atacar al hijo con una flecha, como Guillermo Tell. Cómo una idea ingenua (como de un niño en el sentido más romántico de la palabra, al sentido de Otto Runge), utópica, expresiva, neohegeliana como pudo ser Marx,  se vio tan alterado por el devenir de la historia, comparando a ese devenir con los grandes monstruos de la historia, con la esvástica y la violencia.

Lo oscuro del contraluz.


Now Playing: Maybeshewill --- Take this to Heart


I was here for a moment. Then, I was gone.



Para mí, dentro del arte español, Dalí es un Teseo  y Picasso un Minotauro. Papeles que eligieron mucho antes de nacer (como artistas, se entiende).



Cuando estoy melancólica, escribo mucho mejor de arte. Siempre al estilo Baudelaire. Lo que me gusta, me gusta. Y punto.

lunes, 17 de junio de 2013

"A tout le monde, a tout mes amis... Je vous aime, mais je dois partir"

Soldier of Civil Disorder


Me he dado cuenta de que cada “amor de mi vida” me ha hecho cambiar algo, me ha ido modelando hasta dejar de esbozar el non finito de mi cuerpo y de mi alma.
El primer golpe que quebró el bloque de mármol, que abocetó unos ojos con los que mirar el mundo lo dieron temprano, incluso cuando el material amenaza romperse. Fue un golpe audaz. Una obra maestra.
Así se han ido sucediendo las manos que por esa obra de mármol han pasado. Aunque eso no hace menos fría la piedra ni menos difícil su trabajo. Lo que pasa es que, no estamos hablando de una escultura de verdad.

A unos los echo más de menos que a otros. Y todos han tenido un papel importante en esa forja. Estoy bastante contenta, en cierto modo debería estar agradecida. Me gusta caminar por mí misma, no ser sumisa, hacer lo que quiera, no renunciar jamás a sueños y metas. Me gusta mi pelo más corto, mi altura. Me gustan mis ojos y me gusta mi música, mi país y mi cultura, aunque tenga sed de otras nuevas, de nuevos intercambios. Al fin y al cabo no estoy hablando más que de pequeñas piedras de una montaña de cumbre imperceptible. 

Me gusta marcar el ritmo de la música con la cabeza.


"Hoy que ya lo sé, que te he amado tanto,
Se rompe mi canto en la orilla opuesta a la que puse proa.
Me cuesta alejarme de esa turbulencia,
De ese desatino que fue mi vagar
Ungido a un destino que excelso creí y que fue casual.

Un alma de papel es lo que necesito
Un alma de papel y alambre.
Un alma de papel es lo que necesito,
Y espinas y malas hierbas
Que enciendan mi dormida carne.

Petrificarme por lo que haya que venir,
Dar sin pedir, reír, llorar, reír,
Dulcificarme por lo que pueda ser,
A evaporarse aprender,
A saltar los cerrojos que encarcelan el alma,
No acudir a citas en las que el corazón
Tenga que golpetear desganado.

Un alma de papel es lo que necesito
Un alma de papel y alambre.
Un alma de papel es lo que necesito,
Y espinas y malas hierbas
Que enciendan mi dormida carne.

Un alma sin espinas, eso necesito.
Un alma de secuencias vanas.
Un alma insurrecta es lo que necesito,
Y engaños y abalorios
Que deslumbren la desgana.

Me cuesta saberme paria desahuciado,
Pez ultramarino de un fondo coral,
Neptuno abatido
Que despanzurraste sin pestañear.

Un alma de papel es lo que necesito.
Un alma de cordel y esparto.
Un alma de papel es lo que necesito,
Y botas de siete leguas
Que aviven mi dormido paso".
Manolo García.


Amén.

Now Playing: Un alma de papel --- Manolo García


Now Playing: Cadilac Solitario --- Loquillo



Especialmente dedicada a esa persona que me pareció excelsa y fue una casualidad. Una casualidad pegada a una guitarra. Quien sin hablar, me ha enseñado tanto.
Alma tarambana. La última pincelada (que coloreó el mármol blanco).

Y cerraré la puerta tras de mí, como Khnopff, con una sonrisa y una mochila a la espalda. Espero pasar por la vida como si nada. Como una ráfaga de aire. Con una sonrisa en los labios.