Hace un par de noches tuve un sueño.
Bueno, eso ocurre casi todas las noches, cada cual más extraño.
Estoy de acuerdo con André Breton cuando dijo que los sueños son una segunda vida; llena de lagunas una vez despiertas.
A veces creo vivir una segunda vida muy lejos de aquí. Allí donde mi imaginación me dice que es Helsinki (cuando sé de primera mano que no lo es). Allí, donde no hay más que calles laberínticas y oscuridad. Allí, donde finalmente, alguien dentro del sueño me instó a dejar de perseguirlo: dejar de perseguir un Sueño.
Querida… Ella*.
Gracias por tu… lápiz
y papel en este momento.
Me has ayudado mucho
a… terminar esta nota.
Por favor, déjalo ya.
Las calles eran serpenteantes y
oscuras. La única luz que me guiaba a seguir por los meandros de piedras era de
color púrpura, como si yo fuera un mosquito que se dirigía a una trampa
invisible. Las calles estaban plagadas de puertas, que daban a otras calles, a
casas. La gente se arremolinaba en el bar, sin captar mi presencia. Inundados en esa luz púrpura, ajenos a mi persona; yo, plantada en mitad de ningún lado, con una rosa de los
vientos incandescente bajo los pies y un mapa en las manos.
Abrí la puerta del baño y volví a
salir a la calle.
Las paredes de las casas habían
tornado en paneles de vidrio lluvioso, como si tras cada casa se encerrara una
tormenta. Y entonces vi una silueta que me era muy familiar. Estaba bañándose
en la tormenta. La luz de la rosa de los vientos se apagó, y de repente me vi
enfrascada en una luz gris. La luz de un amanecer incierto. Kaamos.
La desierta calle estaba
transitada de nuevo. El cristal de las paredes comenzó a volverse opaco. Pero
todavía estaba insinuada la figura del bañista, justo en frente de mis ojos. La
gente que pasaba por mi lado decía:
Eres la última
esperanza que nos queda.
Si no hablas, no se
podrá cerrar la historia.
Tienes que hablar.
Jaque.
Y así seguían, desvaneciéndose como
humo cuando me giraba a mirarlos. Sin embargo, no podía mover las piernas del
sitio. Me estaba convirtiendo en una estatua y el laurel crecía ya a la altura
de mis tobillos.
Entonces tuve un dejá vu en mitad del sueño.
Toda esa
historia que había mantenido noches atrás dentro de mi imaginación vino a mí.
Vino a mí la ciudad de Helsinki
derritiéndose cual tinta por el cristal de un tranvía, el cuello rasgado bajo
el corte del espejo, a Él* adentrándose en el bar que emanaba una luz púrpura
sanguinolenta, violenta. Sus palabras. Sus actos. Su olor. Sus sábanas.
De repente supe quién era esa
figura en la pared vidriosa. Era Él*. No podía ser nadie más.
La silueta se apagó.
Mis piernas
seguían petrificándose.
El sol seguía alzándose con la luz más fría que jamás
había percibido hasta entonces. Él* salió tras la pared, aún secándose el pelo.
Dio unas vueltas alrededor de mí.
-¿Qué estás haciendo
aquí?-preguntó finalmente, entre molesto y divertido.
-He venido a buscarte.-Y al
pronunciar esas palabras el sol me iluminó de lleno, del suelo salió una planta
de laurel que acabó por inmovilizarme los brazos, se aferraba a mi cuello. Sus
hojas me nublaban la vista. Movía la cabeza con agitación intentando verle por
completo, tarea difícil, pues no paraba de moverse.
Se acercó a mí, a una distancia
palpable y eléctrica, mientras yo seguía convirtiéndome en estatua y en laurel.
Puso la mano sobre uno de mis senos y sacó de dentro de la camiseta un lápiz.
Miró a su alrededor con mirada nerviosa, encontrando un trozo de cartón en una
esquina. Dio dos sonoros pasos, se agachó y volvió a clavarme sus ojos azules
con esa expresión. Divertido y cansado. Comenzó a escribir mientras leía en voz
alta: “Querida… ¿Ella*? Gracias por tu…
lápiz y papel en este momento. Me has ayudado mucho a… terminar esta nota”.
Se inclinó hacia mí para darme un
beso en la frente, que aún no estaba petrificada. Y me susurró al oído: “Por favor, déjalo ya”. Dio media vuelta
y se alejó, zambulléndose en la luz del amanecer.
Intenté gritar…
Y como
en sueños, volvió a sonar ese espeluznante aullido silencioso, similar a un
violín desafinado al que rasgan todas sus cuerdas a la vez. Es lo que ocurre cuando no puedes materializar el grito.
Estiré una mano.
Y allí me quedé.
Era una composición similar a la
Dafne de Bernini. Solo que esta vez, en vez de huir, perseguía.
Y había perdido la carrera.
Suena: Requiem --- Toundra
Yo, mis cosas raras y mi cabeza hueca.
Algún día hablaré del resto de capítulos de sueño.
Sólo si me preguntáis.
