Desde que la Modernidad irrumpió en
nuestras vidas, el ser humano ha sido un animal nostálgico.
| Europa después de la Lluvia --- Max Ernst |
Los términos de poder, opresión y
censura se hicieron más palpables de lo acostumbrado. Tanto, que hasta podían
asfixiar bajo sus yugos. Había un gran horizonte, una realidad contra la que
revelarse. La juventud tiene ese gen de la rebeldía, que pasa a
dormirse y a hacerse complaciente con los años. Anida en las cavidades del alma
joven, y con un mal zarandeo, detona. Y por aquel entonces entonces detonó.
Gracias a multitud de estudios y,
más importante aún, gracias a toda la memoria visual que nos ha llegado y que
hemos ido apilando con síndrome de Diógenes, hemos conocido épocas gloriosas,
de grandes rebeldes, grandes pensadores y grandes acciones, que tangibles o no,
han marcado una forma de ver el mundo.
Ahora bien, todos eso estudios,
las introspecciones, han partido de ese concepto del pasado. Con el paso a la
Posmodernidad los límites, las fronteras e incluso los objetivos personales se
van diluyendo en el concepto de Comunidad (suerte para unos, profunda zanja
para otros). El trabajo en equipo pasó a convertirse en alienación. El “ritmo
de Valencia” hizo de la fiesta y de la máquina algo común a todas las clases.
Sin embargo ahora sólo se asocia con un estado de decadencia y de putrefacción
de una sociedad que no sabía desenvolverse ante la libertad recientemente
adquirida tras la caída del franquismo. Por poner un ejemplo. ¡Y mira que las intenciones eran buenas!
La Posmodernidad no traía consigo
opresión contra la que luchar desde el anonimato, desde el exilio social y
desde la sombra (o al menos la gran mayoría de la población no lo veía). El
arte y la música bebieron de las nuevas formas de libertad y grandeza fingidas,
del reaganismo y tatcherismo, para después despreciarlas y aborrecerlas según
la luz del sol en el ocaso iluminaba verdades dormidas, el caos latente del que
aún no hemos escapado y contra el que nos pretendemos rebelar poniéndolo de
manifiesto una y otra vez.
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| Película de Jamie Uys, "Los dioses deben de estar locos" |
Y en el crepúsculo de la cultura,
se alzan pocas estrellas. Hay que saber ser un “buen Principito” para capturar
la estrella fugaz más cercana, como quien hace autoestop en la carretera. ¿Y
hacia dónde vamos? ¿A dónde nos lleva esta noche oscura?
Hemos visto pasar delante de
nuestros ojos objetos sagrados del día a día. Vemos en las vitrinas de los
museos odas al capitalismo salvaje, que conservamos como reliquias. Las
canciones nos venden marcas y las escuchamos aún como letras de culto. Sin
embargo ahora nos asquea el sistema publicitario que hemos creado a raíz de
endiosar el pasado. ¿Por qué contemplamos atónitos un paquete de “Brillo”
mientras pasamos los anuncios de “Ariel” de YouTube?
Somos unos nostálgicos
empedernidos.
Soñamos con un enemigo que se
alce ante nosotros perfectamente delineado, sabiendo los límites de aquello a
lo que nos enfrentamos (eso que parece tan imposible ahora, en una sociedad
marcada por la infinitud de los números, de los datos, donde todos nosotros no
somos más que luces led en un mapa estadístico).
Soñamos con vivir aventuras por el mapa antes
de enfrentarnos a nuestra Némesis. Sin embargo, hemos creado ese mapa de
fronteras extrañas y diluidas que, salvo profundas fosas oceánicas, cuevas
impracticables y zonas de bosque virgen (que cada vez son menos), no hay ápice
de este mundo que no se pueda contemplar tranquilamente desde nuestro
ordenador. Hemos matado al explorador decimonónico. Hemos condensado en un chip
nuestra propia Piedra Roseta, hemos mandado a paseo a la Torre de Babel
cediéndole el paso a las construcciones multimillonarias de Bill Gates y Steve
Jobs.
Y aun así, cuando las fronteras
internacionales se derrumban como grandes colosos en mitad del silencioso
desierto, seguimos empeñando en crear las nuestras propias. Hacemos que en
países se creen fronteras impuestas, fronteras de sangre y petróleo. Hacemos
que nuestro egoísmo llegue a enemistar a hermanos bajo el mismo techo. Somos
amantes del fratricidio, de la intimidad vociferada y expandida a los cuatro
vientos por Internet. Nos aferramos a lo más tenebroso del nacionalismo, de la
sangre, del amor, del color de la piel, de la religión que cada uno profesa,
cuando verdaderamente todos adoramos a los mismos conceptos pero con otros
nombres. Hacemos de las propias calles de nuestra ciudad fronteras
improvisadas, de la historia común, un furruño de papel, imponiendo la nuestra
propia como el fin de todo. Y como el fin del Mundo.
Y en éste punto nos encontramos: nostálgicos, descontentos, obesos y con carencias afectivas. Suspirando por que se nos conceda una segunda
oportunidad de cambio, que nos regalen con los cereales un despertador para el
gen de la rebeldía, que en las escuelas (cada vez más coaccionadas y
recortadas) se nos enseñen los verdaderos valores de comunidad, de solidaridad.
Esperando a que un bombazo desviado desentierre la torre perdida de Babel.
Mientras tanto enfocamos nuestro
chorro creativo hacia la nostalgia de ese cambio, de esa interfaz que una vez
existió. Ese momento donde nuestros errores más que aciertos nos han llevado a
la sociedad en la que vivimos.
Y nos encerramos en nuestra
crisálida esperando una Metamorfosis mejor, algo que nos de alas para volar.
Pero por desgracia, las crisálidas no se mueven.
Now Playing: Sunday Morning --- Velvet Underground & Nico
He estado cerca de seis meses sin escribir por aquí. Las circunstancias de cada uno. No me apetecía escribir y me sentía falta de estímulos para ello.
Es por esto que agradezco este "Food for Thought" que me ha brindado el mudarme de nuevo y conocer gente nueva, lo que me ha ido llevando de la mano una primera experiencia en las exposiciones "Big Bang Data" del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona, "La Herencia Inmaterial" y "Pop y Política: diez canciones para explicar una época" del Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona, junto con una apertura algo más amateur en la galería Crisolart de Barcelona, donde jóvenes artistas del panorama internacional se daban cita para mostrarnos sus primeros pasos en esta continua interpretación del mundo donde vivimos, que es el Arte con Mayúsculas.
Me habría gustado escribir más detalladamente sobre todo lo que bullía en mi cabeza en las distintas exposiciones, pero supongo que no tengo ese talento.
Tanto para la escritura como para cualquier tipo de arte se debe de tener la destreza de saber plasmar las ideas con la forma precisa con la que nos las imaginamos. Y a mí eso no me pasa. Será que no tengo bien sintonizada mi antena.
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| Ruido Blanco o mi cabeza antes de escribir |

