martes, 20 de marzo de 2012

Adelante, siempre adelante.

Siempre que me encuentro baja de ánimos e intento arrancarme a escribir, me viene a la cabeza el inicio de la canción “The Silence” de Gamma Ray. Quizás porque es la que da una visión general de mi mente antes de comenzar a escribir. Quizás porque es lo que debe de haber siempre antes de que aparezca una luz entre las sombras.

Y entre todo esto, entre todas las marañas de pensamientos nerviosos que atenazan la paciencia y se echan un pulso con mis nervios, siempre hay una vía de escape.
Una vía que se pierde entre un horizonte de bad lands. Una línea recta hacia un mundo reflejado en el agua, cercado por puntos blancos temblorosos: los pétalos de los almendros.

Y para llegar allí, tienes que tocar el cielo.

No de cualquier manera.

Hay veces que estiras la mano, tumbado en la hierba, pero sólo alcanzas a jugar con las nubes entre los dedos. Para tocar el cielo necesitas un impulso.

Un impulso que sólo la compenetración con otro ser puede lograr. Y no me vale cualquier ser. Sólo tú.
Tú, que llevas tanto tiempo conmigo. Tú, que me has visto crecer y superarme. Tú, que con fuerza empujas hacia arriba las comisuras de mis labios. Con la fuerza que hace saltar los guijarros del camino cuando pasas al galope. Con la fuerza que mezcla la frontera del horizonte con un mar de líneas plateadas entrecruzándose ante mis ojos, sinuosas, como un mar de espuma que salpica.

Y entre el estrépito del repiqueteo, los vaivenes ondulantes y el impulso hacia arriba, con el viento en la cara, recorriendo a toda velocidad el camino, juntos, pienso en la frase que rezaba Galdós en Marianela: Adelante, siempre adelante.

Porque cuando tú me llevas, siento que somos una sola cosa. Una sola cosa, hasta que el impulso me haga estirar el brazo, alto… Y rozar el cielo.

Llegar al infinito, al blanco, a la luz. Pero entonces soy sólo la mitad.

Y no sé si quiero continuar el resto de mi vida siendo una mitad andante, antes que un todo fuerte, impetuoso, altivo, galopante.

Contigo.


Suena: Sound Of Silence --- Simon & Garfunkel


sábado, 3 de marzo de 2012

Deshaciendo las maletas


Dejad que me presente. Tiempo atrás, en el mes de mayo de hace unos años, salí del cascarón e intenté echar a volar, pero como me di cuenta de que no podía, caí en picado desde mi nido. Caí en el alfeizar de una ventana desde donde se veía un enorme almendro y un retorcido ciruelo, marcando el límite del campo que se abría tras de ellos. Como no podía moverme, decidí escribir todo aquello que me ocurría, independientemente del momento.

Pasaron los años y aprendí a volar. Dejé de ser un gorrión caído, aunque la gente continuaba llamándome Falling, así que decidí hacer mío ese nombre hasta convertirlo en una marca de identidad. Fui dando tumbos por distintos lugares, incluso distintos países, pero siempre volvía donde el almendro y el ciruelo para escribir.
Ahora he cambiado de sitio.

Me he instalado en un alféizar desde donde se ve Sierra Nevada y el Albaicín. Este cambio me ha instado también a mudar mis escritos de sitio. El anterior se me quedó pequeño. Seguramente cambie de vistas y de ventanas, mirando diferentes lugares.

¿Me dejarías que me asomara a tu ventana?



El resto de mis andanzas se encuentran en esta otra bitácora ;)

Ahora me mudo aquí.