miércoles, 3 de diciembre de 2014

La próxima vez me dejáis hablar // El hombre sin contenido

[Advertencia: esta entrada puede herir la sensibilidad artística de algunos.]


Queridos lectores, no hay cosa que me enfade más que no ser capaz de hablar a la misma velocidad a la que pienso. Se me agolpan las palabras en la cabeza porque por la boca no salen al mismo ritmo, y alguna cretina se escapa antes de tiempo. Total, que parezco tonta. Soy más de escribir.

Pues bien, ayer estábamos manteniendo cierto debate a santo del cambio entre el arte figurativo al arte abstracto dentro de la institución artística, poniéndolo en relación con la música tonal y la música atonal. Sinceramente, éste me pareció un debate anacrónico, ya que en esa sucesión de acontecimientos el arte iba unos 30 años por delante. Intentando poner estas ideas en orden surgió un comentario que debo destacar por encima del resto.

“Estamos ante el declive del arte culto. El arte abstracto y la música dodecafónica sólo se aprecian a punta de pistola, es por esto que se vuelve a la tonalidad, a la música sencilla y al arte figurativo. Hace unas décadas nada se sabía del artista Antonio López, mientras que hoy día se ha convertido en el artista del momento”.

Madrid desde las Torres Blancas. Antonio López.


No habría escogido un artista peor para concluir con el debate.

Si como decía Adorno, a través del arte puede conocerse una sociedad, ¿en qué clase de sociedad nos hemos convertido si acatamos el híper-realismo como arte de nuestra época? En ese retorno a la imagen fidedigna, a una copia artesana y minuciosa de lo que nos rodea, ¿dónde ha quedado el discurso artístico? A mi entender, en los dos extremos (el híper-realismo y la no figuración extrema) nos encontramos una parodia de la Historia del Arte. Nos hemos convertido en una sociedad que parodia su propia tradición artística en un continuo retorno a formas del pasado que no son nada más que eso: forma. Hacer por hacer. Creamos un discurso híper-realista porque es lo que el público inculto consume con más avidez. ¿Por qué? Porque pensamos de forma lacaniana hasta la saciedad. Ya lo mencioné en otra entrada de este blog: somos unos adictos al espejo. Nos reconocemos en los objetos y reconocemos en las copias lo que nos rodea, y a mayor fidelidad de la copia mejor nos parece el trabajo. Pues yo me siento como el pájaro que va a picar las uvas de Zeuxis: víctima de un engañabobos.

Lo mismo me ocurre con la no figuración por la no figuración. Desde que la dinámica de mercado irrumpió en el mundo del arte con más fuerza tras la posmodernidad nos hemos convertido además en una sociedad generadora de residuos. Y hemos producido tanto, que hemos pasado a considerar algunos de esos residuos como arte (había que empezar a venderlos si queríamos seguir con el capitalismo, ¿no es así?). ¿Y por qué se consideran como arte? Porque lo dice un museo. Se puso tan de moda manchar lienzos o recoger otros materiales para darles la vuelta que el papel del aficionado al arte ha virado desde el diálogo a la aceptación o no aceptación. Y se crearon templos para el engaño y las mamarrachadas.

En este particular, comulgo con las ideas de Catherine Millet, quien dice que conforme avanzaba la segunda mitad del siglo XX la sociedad carece de un discurso común que aglutine la causa cultural. Ni nos estamos confrontando contra la gran ciudad, ni combatimos la imposición de una “ideología dominante”. La Globalización que se dio en las sociedades occidentales ha derivado a la paradójica situación de una atomización en el discurso del arte: cada creador o cada artesano reivindica su derecho a marcar la diferencia. Lejos de construir una utopía con el arte, de buscar una sociedad mejor, la solución que se ha optado es cubrirse las espaldas cada uno a su manera, creando el discurso de: si no te gusta, es que no lo (me) entiendes.

Y ante esto podréis pensar: “pues Antonio López en ese aspecto es un visionario, un abanderado del pueblo y del arte colectivo ya que crea cosas que todo el mundo entiende”. A lo que respondo: ¿y dónde ha quedado la intención creadora que ha caracterizado al artista durante todo el transcurrir de la historia? ¿Qué te quiere contar con sus pinturas que no te pueda contar la calle por la que paseas? La calle por la que paseas te puede contar incluso más cosas. A diferencia de las pinturas de Antonio López, en las calles hay personas. Pequeños universos paralelos (algunos más profundos y más difíciles de escudriñar que otros) que viven y que interactúan como en un gran caldo de cultivo. Es en ese bullir donde deben de surgir las ideas. Y no me vale que te tires meses haciendo un trabajo (sea cual sea) por el mero hecho de hacerlo, sin ideas detrás, esperando que sea otra persona quien justifique tu trabajo.

Eso: el vacío ideológico detrás del arte de la sociedad actual; es lo que une el arte de Antonio López con las mamarrachadas contemporáneas de Luis Gordillo, por citar a otro carcamal, por ejemplo. Estamos ante la actitud pasiva de “que lo haga otro”, no somos más que la institución que legitima El hombre sin contenido del que habla Giorgio Agamben. Aceptamos estas manifestaciones como el arte de nuestro tiempo porque somos una panda de cabezas huecas. Qué bien nos vendría una educación como dios manda.

Globuloso Chiclóide selvático. Luis Gordillo.


Tengo aún fe en los artistas y en los genios. Creo en los genios y creo en la humildad del genio (paradójico, ¿a que sí?), capaz de crear discursos de verdadero calado social y de hermanamiento. Creo en que existe un espíritu, una forma de pensar o una capacidad oculta del intelecto que es capaz de vivir de forma simbiótica con la creación artística, independientemente del registro que esta creación artística tome.

Ayer se comparó la figuración o la tonalidad con el espíritu. Igual pequé de idealista al pensar que esa afirmación es falsísima. Kandinsky ya nos demostró que el espíritu también está presente en la forma abstracta, y creo que nadie como él lo hizo de forma más elegante y certera. Y al igual que él, pienso que el papel de los artistas debe de partir de una incomprensión inicial, pero que esa incomprensión ayude a la sociedad a la que va destinado el arte a realizar una actividad de meditación y recapacitación que les ayude a dar un pasito adelante, a ser un poquito mejores y a tener consciencia de otros horizontes (que van más allá de lo que pase en Gran Hermano o de lo que te mande la Jenny por WhatsApp).

Negro y Violeta. Wassily Kandinsky


Pese a lo que creamos hoy día, el arte juega un papel en la sociedad que no supone ni una milésima parte de lo que fue antaño. Nuestra cultura, cada vez más rica y con más posibilidades gracias a avances como Internet, es también más fragmentaria. Vivimos gracias al suero de las citas, de los nombres y de las apariencias. De la carcasa sin contenido.

Y nuestro paraíso distópico son las ciudades de Antonio López sin personas.


Qué poco me gusta el híper-realismo. Qué poco me gusta el hacer por hacer.

De música hablamos otro día.



Now Playing: When That head splits --- Esben and the Witch



miércoles, 24 de septiembre de 2014

La Sociedad de la Nostalgia // "Que nos regalen con los cereales un despertador para la rebeldía"

Desde que la Modernidad irrumpió en nuestras vidas, el ser humano ha sido un animal nostálgico.

Europa después de la Lluvia --- Max Ernst

Los términos de poder, opresión y censura se hicieron más palpables de lo acostumbrado. Tanto, que hasta podían asfixiar bajo sus yugos. Había un gran horizonte, una realidad contra la que revelarse. La juventud tiene ese gen de la rebeldía, que pasa a dormirse y a hacerse complaciente con los años. Anida en las cavidades del alma joven, y con un mal zarandeo, detona. Y por aquel entonces entonces detonó.

Gracias a multitud de estudios y, más importante aún, gracias a toda la memoria visual que nos ha llegado y que hemos ido apilando con síndrome de Diógenes, hemos conocido épocas gloriosas, de grandes rebeldes, grandes pensadores y grandes acciones, que tangibles o no, han marcado una forma de ver el mundo.

Ahora bien, todos eso estudios, las introspecciones, han partido de ese concepto del pasado. Con el paso a la Posmodernidad los límites, las fronteras e incluso los objetivos personales se van diluyendo en el concepto de Comunidad (suerte para unos, profunda zanja para otros). El trabajo en equipo pasó a convertirse en alienación. El “ritmo de Valencia” hizo de la fiesta y de la máquina algo común a todas las clases. Sin embargo ahora sólo se asocia con un estado de decadencia y de putrefacción de una sociedad que no sabía desenvolverse ante la libertad recientemente adquirida tras la caída del franquismo. Por poner un ejemplo. ¡Y mira que las intenciones eran buenas!

La Posmodernidad no traía consigo opresión contra la que luchar desde el anonimato, desde el exilio social y desde la sombra (o al menos la gran mayoría de la población no lo veía). El arte y la música bebieron de las nuevas formas de libertad y grandeza fingidas, del reaganismo y tatcherismo, para después despreciarlas y aborrecerlas según la luz del sol en el ocaso iluminaba verdades dormidas, el caos latente del que aún no hemos escapado y contra el que nos pretendemos rebelar poniéndolo de manifiesto una y otra vez.


Película de Jamie Uys, "Los dioses deben de estar locos"
Y en el crepúsculo de la cultura, se alzan pocas estrellas. Hay que saber ser un “buen Principito” para capturar la estrella fugaz más cercana, como quien hace autoestop en la carretera. ¿Y hacia dónde vamos? ¿A dónde nos lleva esta noche oscura?

Hemos visto pasar delante de nuestros ojos objetos sagrados del día a día. Vemos en las vitrinas de los museos odas al capitalismo salvaje, que conservamos como reliquias. Las canciones nos venden marcas y las escuchamos aún como letras de culto. Sin embargo ahora nos asquea el sistema publicitario que hemos creado a raíz de endiosar el pasado. ¿Por qué contemplamos atónitos un paquete de “Brillo” mientras pasamos los anuncios de “Ariel” de YouTube?

Somos unos nostálgicos empedernidos.

Soñamos con un enemigo que se alce ante nosotros perfectamente delineado, sabiendo los límites de aquello a lo que nos enfrentamos (eso que parece tan imposible ahora, en una sociedad marcada por la infinitud de los números, de los datos, donde todos nosotros no somos más que luces led en un mapa estadístico).

Soñamos con vivir aventuras por el mapa antes de enfrentarnos a nuestra Némesis. Sin embargo, hemos creado ese mapa de fronteras extrañas y diluidas que, salvo profundas fosas oceánicas, cuevas impracticables y zonas de bosque virgen (que cada vez son menos), no hay ápice de este mundo que no se pueda contemplar tranquilamente desde nuestro ordenador. Hemos matado al explorador decimonónico. Hemos condensado en un chip nuestra propia Piedra Roseta, hemos mandado a paseo a la Torre de Babel cediéndole el paso a las construcciones multimillonarias de Bill Gates y Steve Jobs.

Y aun así, cuando las fronteras internacionales se derrumban como grandes colosos en mitad del silencioso desierto, seguimos empeñando en crear las nuestras propias. Hacemos que en países se creen fronteras impuestas, fronteras de sangre y petróleo. Hacemos que nuestro egoísmo llegue a enemistar a hermanos bajo el mismo techo. Somos amantes del fratricidio, de la intimidad vociferada y expandida a los cuatro vientos por Internet. Nos aferramos a lo más tenebroso del nacionalismo, de la sangre, del amor, del color de la piel, de la religión que cada uno profesa, cuando verdaderamente todos adoramos a los mismos conceptos pero con otros nombres. Hacemos de las propias calles de nuestra ciudad fronteras improvisadas, de la historia común, un furruño de papel, imponiendo la nuestra propia como el fin de todo. Y como el fin del Mundo.

Y en éste punto nos encontramos: nostálgicos, descontentos, obesos y con carencias afectivas. Suspirando por que se nos conceda una segunda oportunidad de cambio, que nos regalen con los cereales un despertador para el gen de la rebeldía, que en las escuelas (cada vez más coaccionadas y recortadas) se nos enseñen los verdaderos valores de comunidad, de solidaridad. Esperando a que un bombazo desviado desentierre la torre perdida de Babel.

Mientras tanto enfocamos nuestro chorro creativo hacia la nostalgia de ese cambio, de esa interfaz que una vez existió. Ese momento donde nuestros errores más que aciertos nos han llevado a la sociedad en la que vivimos.

Y nos encerramos en nuestra crisálida esperando una Metamorfosis mejor, algo que nos de alas para volar.

Pero por desgracia, las crisálidas no se mueven.


Now Playing: Sunday Morning --- Velvet Underground & Nico



He estado cerca de seis meses sin escribir por aquí. Las circunstancias de cada uno. No me apetecía escribir y me sentía falta de estímulos para ello.

Es por esto que agradezco este "Food for Thought" que me ha brindado el mudarme de nuevo y conocer gente nueva, lo que me ha ido llevando de la mano una primera experiencia en las exposiciones "Big Bang Data" del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona, "La Herencia Inmaterial" y "Pop y Política: diez canciones para explicar una época" del Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona, junto con una apertura algo más amateur en la galería Crisolart de Barcelona, donde jóvenes artistas del panorama internacional se daban cita para mostrarnos sus primeros pasos en esta continua interpretación del mundo donde vivimos, que es el Arte con Mayúsculas.

Me habría gustado escribir más detalladamente sobre todo lo que bullía en mi cabeza en las distintas exposiciones, pero supongo que no tengo ese talento.

Tanto para la escritura como para cualquier tipo de arte se debe de tener la destreza de saber plasmar las ideas con la forma precisa con la que nos las imaginamos. Y a mí eso no me pasa. Será que no tengo bien sintonizada mi antena.

Ruido Blanco o mi cabeza antes de escribir

sábado, 22 de marzo de 2014

Cartas del pasado.

Little Fallen Sparrow
Hoy estaba rebuscando entre las partituras que se apilaban encima del piano y me he encontrado con un papel trasconejado entre todas las notas musicales. Era una carta a una yo del futuro que escribí hace cinco años. Pensaba que el contenido de la carta iba a hablar de sueños, me iba a preguntar si había logrado alcanzar las metas por las que entonces soñaba (y si así fuera, ¡qué decepción se llevaría conmigo esa yo del pasado!). Sin embargo me ha sorprendido: por lo ambiguo del contenido y por esa especie de ánimos a seguir adelante con lo que fuera que estuviera haciendo. Y eso, en un momento como éste, se agradece. Decía lo siguiente:

Querida tú:
Sí, tú. Sabes bien quién eres. Mejor que nadie, diría yo. Eres la única que de verdad le pone su propio sentido a hechos tan simples como levantar los párpados todas las mañanas, cortando el cordón umbilical que te unía a la sombra, al sueño (…).
Me he excedido un poco dando detalles (…), pero parece que últimamente ése es el espíritu: llenar cosas con palabras vacías, ¿no es irónico? ¿Cómo se llena algo con otro algo vacío? ¿A caso no es más que una sucesión de recipientes como muñecas rusas? ¿Y qué se consigue con eso? Pues algo que llenar. Con qué lo llenes es cosa tuya. Tú sabes bien lo que importa para ti, lo que está lleno de significado. Para mí puede ser algo muy concreto, para ti, no sé. Tú dirás. Pero eso ahora no viene a cuento. Guárdatelo y escríbelo quizás más tarde. Quizás decidas hacerlo ahora, conmovida por algo que escapa a mi entendimiento. Quizás te sorprendas negativamente, arrugues la nariz, hagas una mueca con la boca, una bola con el papel y aquí termine el mensaje.
¿No lo has hecho?
Entonces bien. O mal. No sé.
(…)

Llevo grillada desde que tengo conciencia.

Now Playing: Wetsuit --- The Vaccines



"If at some point we all succumb, for goodness sake let us be young - because time gets harder to outrun and I'm nobody, I'm not done".

Y así sigo.

miércoles, 5 de febrero de 2014

Persiguiendo la luz del rayo.

Soñando en azul; Gentz del Valle

Las cosas deben de escribirse cuando se sienten de verdad, cuando aparecen por la mente como un rayo en la tormenta. Y hay que saber capturarlas cuando más brillan, porque es verdaderamente difícil perseguir la luz (y más aún si la luz ya se ha ido).

El Caminante bajó de la montaña persiguiendo un rayo. Y de repente se vio rodeado de ruido y de nada. Lo único que podía llamar “suyo” era un libro de Lessing que llevaba en su maleta. Como no llevaba más equipaje, se había comido algunas páginas. ¡Eso sí que es devorar un libro! Lo que no sabía es que la tinta de Lessing había pasado a su sangre, que ahora fluía por todo su cuerpo un poco más negra, lo que explicaría su estado de ánimo decaído y flemático. Pero eso él no lo sabía.

Caminando, caminando, encontró a una chica en mitad de su camino. Al principio pensó: será mi musa. Será la mujer a la que amaré, porque es delicada, le gustan los detalles y vive de historias maravillosas, como yo.
Pero poco a poco se dio cuenta de que no había encontrado una chica, sino un arquetipo, un camaleón que se burlaba de él. Le preguntaba sobre el sabor de las nubes.

-¿A qué saben esas nubes, Caminante? Seguro que a limón. Por eso son de color rosa.

El caminante suspiraba. Al menos aquello era mejor que estar solo.

Encontraron a un artista perdido después. Y el Caminante sonrió, pues ¿quién podría ser mejor acompañante que un artista? Pero durante el camino, se dio cuenta de que el artista en realidad era incapaz de pintar. Derramaba los acrílicos y les daba una forma demasiado recta, demasiado lineal, demasiado perfecta.

Y entonces la chica preguntó: ¿Es que tienes alguna influencia de Mondrian, de Van Doesburg quizás? ¿Buscas el orden y el infinito en la línea recta?

A lo que el artista respondió sorprendido: No. Yo sólo sé pintar figuras geométricas de colores. En el instituto suspendía dibujo.

Composición en Rojo 3; Pepe Barragán


El Caminante maldecía su suerte. Por las noches pensaba que nunca debió abandonar aquel risco desde donde se contemplaban las cumbres y la niebla. Pensaba también, que habría sido mejor que el abismo lo engullera.

Entonces, en mitad de la noche, mientras los dos farsantes dormían, echó a correr. Corría sin una dirección, pero corría. Siempre hacia adelante. No sabía a dónde iba, pero sí sabía de lo que huía. Su sangre negra dibujaba un rastro que se iluminó cuando un rayo volvió a surcar los cielos.

Otro rayo volvió a iluminar el paisaje. Y a su alrededor vio algo maravilloso.

Las formas que le eran tan familiares se tornaron siluetas serpenteantes, bailarinas en la noche. Y decidió amar a esas sombras más que a nada. Sin embargo se apagaron cuando el rayo desapareció.

Sin embargo, aquello le dio alas para volar. Y surcó las cumbres, y las letras, y los mensajes de amor.

Caminante nocturno; Gentz del Valle

Volando por el aire, jinete de la tormenta, alumbró con sus rayos pequeños retales de realidad, convertidos en sombras y manchas de colores. Encontró un significado oculto. Un significado que sólo significaba para él. Pero con ese hallazgo fue feliz.

El rayo que cabalgaba lo depositó de nuevo en lo alto de la cumbre, en la cima del mundo. Las luces relampagueantes parecían una orquesta de cuerda de la que él era el director. Llevaba chaqué para la ocasión. Y rió a carcajadas. De repente se sintió eléctrico, magnético.

Cerró los ojos para no ver el amanecer. Quedó prisionero de su noche y su tormenta.

Lo que no sabía era que le había caído un rayo y había muerto.

Homesick Blues; Daniel Richter

[...]

En palabras del gran Quico Rivas, también habría titulado este pequeño relato "Cómo escribir de pintura sin que se note"; pero habría sido un título que, de entrada, habría condicionado al lector para sacarle dobles sentidos. Y, la verdad, la primera mirada de cualquier cosa (ya sea arte, literatura o los escritos de una mente trasnochada) debe de ser ingenua, límpida, que se deje llevar por lo estético que hay en ella. Ya las explicaciones se dejan para luego, que así son más divertidas de descubrir si de verdad algo ha gustado.

Now Playing: Welcome Home, Son --- Radical Face



Entre otras cosas, pido perdón por haber dejado el blog tan abandonadísimo estos meses. Son gages del oficio.

martes, 15 de octubre de 2013

Luz naranja

Firenze window at night, Colin Prince 

No podía dormir.

No podía dormir y no paraba de dar vueltas en la cama. Los pies aún fríos luchaban contra un nudo de sábanas. La almohada la asfixiaba y el sudor no saciaba su sed.

Abría los ojos y aparecía el espectro naranja del centro de la ciudad. Pixelado por las rendijas de la persiana. Parecía su edredón un manto de estrellas incómodo.

Cada vez que intentaba cerrar los ojos se agitaba en sueños.

Y soñaba.

No los sueños plácidos de una niña sin preocupaciones. Dormía repasando mentalmente todas las cosas por hacer que no había empezado. Ordenada, vestía y aderezaba los fantasmas de noches en vela delante de los libros. Delineaba en los folios a carboncillo los barrotes de su cárcel.

Y soñaba.

Con verdes colinas y una villa blanca de tres pisos. Con bosques de columnas corintias. Con una sombra que se cernía sobre ella, que no la dejaba escapar de esa bucólica pesadilla. Alguien se aferraba a su cintura, la amenazaba de muerte. Pero sus ojos no captaban más que belleza. Allá lejos en la colina, el viento mecía las adelfas. Tras de sí, un monstruo trajeado juraba arrebatárselo todo.

Intenta correr. Intenta salir allá donde las altas hierbas la oculten. Allí donde estará felizmente sola, lejos de esas columnas de esa blancura impoluta y del dolor en el pecho, como si la hoja de un puñal la hubiera atravesado y no la dejara escapar.

Y despertó.

El sudor bañaba sus piernas. El pelo enmarañado parecía un río de tinta por su espalda.

Abrió los ojos durante un largo rato. Tomó consciencia de todo cuanto la rodeaba: la mesita de noche seguía igual, con el libro casi al borde, la lámpara vieja y el reloj entonando el réquiem de la noche.

Por un momento sintió nostalgia. Se hizo un ovillo entre sus sábanas y llenó su mente con ideas que la hacían feliz.

El invierno en el pueblo, las calles grises, oscuras y espejadas por la lluvia. El sonido de la nieve bajo las pisadas. El abrazo de una madre debajo de las mantas. Un gato ronroneando al lado de la chimenea. La nariz sonrojada por el frío ante una taza de chocolate caliente.

Y entonces pensó en la distancia.

En el sol naranja, elevándose en un paisaje a kilómetros de allí, tanto en el espacio como en el tiempo. En los árboles blancos. En la noche más oscura. En el ruido del silencio. En la nieve bajo los pies descalzos. En el olor a madera quemada en invierno.

Y así volvió a dormir por fin.


Y los sueños la dejaron soñar despierta.


Now Playing: Wind --- Brian Crain.



Y así se pasan las noches. Cada una copia de la anterior. Hasta que ordene los papeles mojados del día a día y deje de soñar.

sábado, 28 de septiembre de 2013

Del Narcisismo: adictos al Espejo.


Narciso; M.A. Merissi da Caravaggio

 Hoy vengo a hablaros de un fenómeno que se ha tendido a criticar demasiado en la sociedad en la que vivimos; acto incongruente si tenemos en cuenta que en la sociedad (como la llamamos) de los Mass Media, o la Sociedad de Masas, cada vez tendemos a alzarnos en una pugna individualista por encima del resto apelando bien a nuestras cualidades inmanentes o a aquellas que hemos logrado a través de la filosofía, del arte o de la literatura con el paso del tiempo. Y esa búsqueda de un arsenal ideológico no es más que una búsqueda de nosotros mismos en el tiempo y en la mente de otros hombres. No es más que un intento de justificar nuestro parecer, nuestros sentimientos, etc. ante el Mundo.

Reafirmarnos, hallarnos en el espejo de la historia y del pensamiento. Porque la imagen de nosotros mismos que en él vemos nos gusta más que la del espejo del cuarto de baño.

Freud hablaba a principios del siglo XX del paralelismo que existe entre el concepto de Yo, la Sublimación (entendida como la creación) y el artista. El Yo es algo que no sólo toma el artista como tema de la obra, sino que pretende que sea además el espectador ideal, el lector ideal (eso con lo que todo creador ha soñado), que al fin y al cabo no es más que un reflejo de sí mismo. El Yo es el sujeto y el objeto.

Pese a esto, Freud descalificaba bastante la creación artística y no es ese el matiz al que yo quiero llegar con todo esto. Sin embargo, prosigamos paso a paso.

Freud hablaba de la vida imaginaria del artista. Hablaba del creador como de un ser insatisfecho que plasmaba en se obra una vida imaginaria, unos valores donde pretendía que todo el mundo se reflejase y se regocijase en ellos, para así lograr la aceptación. 

Al fin y al cabo no es más que dar otra vuelta de tuerca: el artista crea algo que sale de su subconsciente, plasma algo íntimamente suyo, pero con los matices de unos valores socialmente aceptados, de modo que todo el mundo se vea reflejado en ellos y se regocijen. ¿Por qué? Porque ya han encontrado un discurso dialéctico en el que verse reflejados, ya han encontrado unos pilares ideológicos en los que cimentar sus tristes vidas.

Somos unos malditos adictos al reflejo.

Los Embajadores; Hans Holbein el Joven

Lacan le puso voz a la calavera del cuadro Los Embajadores de Holbein poniendo en su mandíbula (porque está más claro que el agua que las calaveras no tienen labios): “Nunca me miras desde el lugar que yo te veo”.

Esa frase entronca con otra preocupación contemporánea. 

Los Mass Media nos han hecho tener miles de facetas, en cada perfil desarrollamos de forma caricaturesca cualquiera de nuestras aptitudes o rasgos del carácter, nos desinhibimos, nos deformamos, en una burlesca anamorfosis que hace ver de nosotros cosas diferentes dependiendo del punto del que se mire. Y cuando no recibimos la atención que buscamos nos ofuscamos, cambiamos, mutamos en otra anamorfosis… Y el mundo marcha.

La calavera del cuadro de Holbein, vista del lateral derecho
 
Los escritos de Lacan son interesantes en cuanto a sus reflexiones sobre la forma de mirar y de ser vistos (lo mismo le ocurre a un cuadro, vayáis a pensar). Esto se verá reflejado en su Estadio del Espejo

El Estadio del Espejo es una tesis a cerca de la necesidad que tiene el Yo de ser reconocido por otros y de la construcción simbólica de la identidad. Todo esto lo formula desde un punto de vista evolutivo.

Cuando un niño tiene seis meses, no tiene conciencia de cómo es, pues ve su cuerpo fragmentado.  Hasta los 18 meses de vida, no es consciente de su corporalidad hasta que se sitúa delante de un espejo. Comienzan a tomar consciencia de un yo corporal completo, pero claro, ese ideal se encuentra dentro de un espejo. El niño se seguirá viendo a sí mismo como un ente fragmentado, pese a reconocer su corporeidad completa en otra dimensión: la del espejo.

Venus del Espejo; Diego Velázquez


Dice Lacan: el yo del espejo no sufre

La identificación que el hombre adulto establezca con sus congéneres seguirá manteniendo ese matiz. El hombre, cuando viva en sociedad, sentirá la necesidad de reconocerse en el otro, en sus congéneres. Esa necesidad le hará entablar relaciones de amistad, fascinación, amor y odio con el resto. También puede surgir la inseguridad, al ver que lo que el resto ve de nosotros no es más que una realidad fingida, falsa, desfigurada. Poseen una información errónea de nosotros mismos. 

Según Lacan, la forma más común de superar esa inseguridad es a través de la agresión: eliminar esa imagen difusa de nosotros mismos: invertir las posiciones respecto al espejo, pasar al otro lado, y volver a ser un ser completo. 

Pero eso es imposible.

Now Playing: Souvenir d'un Autre Monde --- Alcest




Después de todo este análisis, quiero dejar muy claro que las pretensiones creativas de cada uno pueden albergar estadios muy diferentes (aunque una parte de ese impulso siempre sea el dar a conocer al resto un fragmento oculto de nosotros mismos del que puede que ni siquiera seamos conscientes).

A donde quería llegar era a la siguiente idea:

Nos sentimos atraídos hacia una manifestación artística siempre que nos veamos reflejados en ella, de un modo u otro. Bien porque hay un matiz que habla de nosotros mismos, bien porque la comprendemos y con eso la hacemos un poquito más nuestra.

Quiero lanzar la idea de que existe un estilo de arte o un movimiento del pensamiento específico para cada uno de nosotros (que suele ir cambiando con el tiempo) y que depende de lo duchos que seamos en el campo en cuestión y de nuestro interés.

Una persona que no entienda de Arte, por ejemplo, como diría Ortega y Gasset (aunque no estoy del todo de acuerdo con su punto de vista, es más, lo detesto en su mayoría), se sentirá atraída y más cómoda con una obra hiperrealista, puesto que la entiende, está acostumbrada a encontrar todos los elementos del cuadro en la vida real, los nombra, los reconoce, conoce la utilidad y la función que tienen en el mecanismo del mundo en el que vive. 

Sin embargo, hay quien puede ir un poco más allá, es capaz de ver en la forma el concepto, el que es capaz de ver con los ojos cerrados.

No estoy defendiendo el Arte Conceptual tampoco

Siempre debe de haber algo claro y reconocible. No me gusta el Arte para unos pocos. Pero sí debe de haber cierto veto. El Arte debe mostrar algo reconocible, una imagen. Sin embargo el concepto, el reflejo del artista, debe de permanecer entre bastidores. El alma, el pensamiento, debe de quedar reservado sólo para esos pocos a los que el artista de verdad quiere comunicar algo.

Al fin y al cabo es como en todos estos perfiles de Internet: no deberíamos mostrar una imagen hiperrealista. Tampoco algo críptico, pues el espectador lo tacharía de agresivo y lo odiaría. Sencillamente hay que hablar para los pocos que queremos que nos escuchen. Hay que crear para quien queremos que nos reciban. Y nos valemos del lenguaje, que de un modo y otro todos reconocen. 


Desnudarse gratuitamente delante de todo el mundo no es algo demasiado elegante. Quien quiera desnudarte, que se moleste en conocerte. Puede que encuentre en tu piel el espejo en el que buscaba reflejarse.


Puede que encuentre sencillamente un lienzo en blanco.

viernes, 30 de agosto de 2013

De descripciones va la cosa // Les descriptions d'un romance

El bebedor de Absenta; Pablo Ruiz Picasso

Estaba yo sentado en un antiguo café del barrio de Montparnasse. Qué importa el nombre. 

Todas las noches solía dejarme caer por ese rincón que apestaba a madera acre y a absenta. Siempre que andaba cabizbajo y apesadumbrado por el abandono del genio me acercaba a buscar las letras en la atmósfera pegajosa de aquel lugar. Muchas veces sin éxito. Otras tantas, el éxito se dejaba vislumbrar bajo cualquier nombre femenino:

Lulú olía a sábanas blancas y a salobre del Sena. Fernande a aguarrás y disolvente, a color y forma. Se escapan los suspiros de mis labios y sus nombres de mi pluma, o de mi cuchillo. Grabándose en las maderas de las mesas, perdurando allí hasta Dios sabe cuándo.

Cavilaba yo en mis pensamientos más profundos cuando avisté un mundano milagro. 

Aún era muy temprano para que el café estuviera lleno. Además, el cielo que amenazaba romper a llorar mantenía bajo aviso a todo transeúnte medianamente prudente, o a cualquiera que tuviera algo mejor y más cálido que hacer que aventurarse calle abajo en mitad de una fuerte y fría lluvia de otoño.

Alcé la vista hacia la mesa que tenía frente a mí, iluminada por un puñado de velas titilantes. Por un momento olvidé los nombres de mis antiguas musas. Había encontrado dos de verdad. Y para no tirar por tierra aquel momento de lucidez o de ensoñación dulce y ponzoñosa (quizás originado por una tercera copa de vino caliente), decidí ir apuntando en una servilleta todo cuanto mis ojos o mi subconsciente iba captando, hasta formar mi propia historia.

Para empezar, había dos chicas en la mesa. Deberían rondar la veintena años por la complexión de sus cuerpos, pero sus ojos desvelaban estar fraguados y templados por un fuego que hubo de arder hacía siglos, en cada par a su manera. Se mantenían una en frente de la otra, sosteniéndose las miradas y sin terciar palabra. Todo lo que hubiera de decirse estaba ya más que escrito. 

Empezaré por la chica a mi derecha:

Su postura era más que delicada. Era una bailarina degasiana congelada sobre una silla de taberna. La piel blanquísima y el cabello negro como el azabache, que se derramaba sobre sus hombros como si Balzac hubiera volcado un tintero de seda negra para escribir los mejores versos de amor. De hecho, tenía tinta en el cuerpo. Entre uno de los muchos pliegues de una camisola satinada de color burdeos asomaba una de sus piernas, grácil y fuerte, tensa. Parecía tener escrita una partitura subiendo en ese fragmento blanco, en ese pentagrama ascendente, que sólo podía llegar a la disonancia
.
Olía a infancia. Pude captar su aura desde mi esquina. Y cada vez que oteaba en rápidos movimientos los confines de la estancia de madera, sentía florecer la simiente de sus ojos verdes allá donde posaba la mariposa de su mirada. Tranquilamente, removía un brebaje que desprendía los efluvios de jazmín y del Mediterráneo. 

Ella era luz, era verso, era danza. Su cara era la luna llena en el cielo de una noche de verano.

Antes de sentirme del todo hechizado por tal angelical aparición y no poder mirar a ninguna otra parte, decidí completar la imagen de mis sueños con la otra presencia a mi izquierda, que por un momento había empequeñecido al lado de la blanca doncella.

Comenzaré por donde comencé con la otra. La posición.

Diría que era mucho más masculina, aunque comparada con su acompañante, hasta la más sutil de las princesas parecería un rudo marinero de Saint-Malo. Se sentaba con los codos sobre la mesa, y las piernas ligeramente separadas, flanqueando una negra taza de café de un olor extraño y fuerte.

Olía a adrenalina, a fuerza y a pasión, como el galope templado de un caballo. Sus ropajes, de color verde oscuro, de una tela aterciopelada. Contrastaban con el caramelo que destilaban sus poros. Era el contraste perfecto, como el bosque que crece airoso a los lados de un camino solitario, camino a quién sabe dónde.

Si bien sus rasgos eran más redondeados, sus labios más carnosos, besables y mordibles, sus ojos ardían con fiereza, imponentes, como un volcán en erupción. Su expresión era sublime, era una catástrofe natural encerrada en una cárcel corpórea. Las velas de la habitación hacían saltar chispas en ella, reflejando el rojo del fuego tanto en su mirada (que caldeaba a su paso y helaba a la vez) como en su pelo, algo más corto, de un castaño exquisito, ardiente, radiante, como el barniz del artista.

Jugueteaba con los dedos, haciendo movimientos reflejos con las manos, como si tocara un fortepiano. Y Dios sabía que su aura era el forte, sus curvas el piano. Brillaba con luz propia, pero no de forma evanescente como su acompañante, sino dorada, airosa, victoriosa. Irradiaba el sonido de una corneta de batalla, el destello del cobre y la fragua dormían encerrados en aquella piel tensa. Cualquiera diría que llevaba un sol grabado en la piel y el Bóreas ondulando entre sus cabellos, anidando en el semblante. Si afinaba el oído escuchaba el tambor de guerra retumbar en su pecho, el ronco silbido de la bandada de pájaros que vuela al norte entre las aletas de su nariz.

Ambas dos eran la antítesis la una de la otra a su manera.

No habría parado de mirarlas, aunque en no hacerlo me fuera la vida. Estaban allí, congeladas, con un juego de miradas. Una empuñaba una espada con las pupilas. Otra una pluma. Una dictaba los versos. La otra buscaba el modo de hacerlos corpóreos y reales.

Y fue entonces cuando lo comprendí todo:

Eran musas de verdad. 

Había logrado el estado del que Blake escribió y ese que Moureau pintó una vez. Se me habían aparecido las Musas, encerradas en dos realidades equidistantes en el espacio, complementarias en las Artes. Habían tomado hacía mucho caminos diferentes y en ese momento se habían encontrado. Una batalla se estaba librando en ese momento, en esa vacía habitación. Y yo era el único espectador.

La primera era una canción a la luna, a la delicadeza y a la belleza, a la danza y a la poesía. Sembraba a su alrededor laureles y amapolas, enredaderas que acabaron rozándome y esposando uno de mis brazos, uniéndolo al papel. Y lo supe en el momento en que ella me atravesó con sus ojos esmeralda.

La segunda era el sol de media noche, era la fuerza y la pasión. Un canto a los héroes, a la música y a la pintura. Prendió una hoguera en mi pecho con sólo ponerme en su punto de mira, a través de esas dos obsidianas que tenía por ojos. Y lo supe en el momento en que ladeó sus labios en una mueca burlona y sarcástica. De repente dio un golpe en la mesa, levantándose como un tigre furioso.

Todo me dio vueltas por un instante. El café dibujó una espiral, las flores inundaron el cabello de la primera musa. Una vorágine de seda roja y terciopelo absorbió a ambas personalidades.

Pestañeé un segundo y la no estaban.

Una era la Historia, otra el Sentimiento.

Una el rozar de los labios en un beso. La otra la lengua libidinosa y cálida. 

Una era una caricia. La otra un puñetazo. El puñetazo que me devolvió al mundo real.

Me vi absorto, mirando la nada, los papeles que rodaban por el suelo cuando la campanilla de la puerta sonó. En mi cuaderno sólo tenía escrita una línea recta, atravesada por un Sol y una Clave de Sol. Oí unos pasos que se aproximaban hacia mí.

Era ya de noche.

Era mi buen amigo Hemingway.

Sonreí.


Now Playing: C'est Beau --- Les Ogres de Barback



Y esto es lo que pasa cuando me pongo a delirar sobre un cuadro. ¡Qué Tracy Chevalier ni qué niño muerto...!