¿Por qué ahora
que mi vida parecía recobrar el sentido perdido en España vuelve la imagen de Finlandia como
un ejército que arrasa por un campo de flores?
Llevo todo el
día con recuerdos muy puntuales, muy vívidos, punzantes y profundos en mi
corazón que me llevan al Norte de nuevo y que me hacen recobrar una alegría que
creía dormida.
He visto unos
vuelos a Finlandia bastante baratos, y de nuevo esa emoción extraña y abstracta
se ha apoderado de mí, me ha atenazado en inflado el pecho. Recordé cómo
saltaba de alegría por mi habitación escuchando Korpiklaani cuando supe que me
iba. Gritaba por el pasillo: "¡que me voy!". Mi compañera de piso sonreía. "Estás loca", decía. Ahora sentía que la situación se podría repetir, y que en menos de un mes
pulularé por el escenario desierto de un sueño. Como si fuera un teatro en ruinas.
Recordé el
concierto de Ensiferum unas pocas semanas después de llegar, de conocer a
Alejandro. Aún mi mente no estaba preparada para hablar finés y la frase de
“mika sun nimi on?” rondaba mi cabeza como algo que debía de saber. “Minkamaalainen sä ot ja kuinka vanha sä ot…” era una retahíla en mis
pensamientos. "Mika sun puhelinumero on...” Y bueno, otras tantas cosas. Las repasaba mientras mi
mano casi rozaba la del chaval que estaba a mi lado. Tan guapo, tan distante.
El chico de delante que se giró para hacer el ganso conmigo. Jamás supe el nombre de ninguno.
El ruido de
las ruedas de la bicicleta sobre el asfalto de los aventureros nocturnos en verano y el temblor de los neumáticos
siguiendo la senda marcada en el hielo y la nieve al volver del concierto de Amorphis en Lutakko con
Alejandro, abriendo nuevos surcos en un camino que recorrería por última vez
con él y que tantas veces había hecho con mucha más gente, viendo cómo los barcos se encallaban en
el hielo del Jyväsjärvi y las luces matizaban su reflejo en la nieve. Un
reflejo blanquecino en el agua líquida del mismo lago que me quitaba el sueño
en el Hotel Alba la última noche de agosto que pasé con mi familia.
La
reconfortante sensación de las sábanas de franela sobre mi piel aquella noche
cuando me dije “esta es la primera noche de muchas que pasaré aquí”. Las
paredes de la que fue mi habitación en el 6M de Roninmäki, piso 3º habitación
número diez, han visto pasar mucha gente, muchas historias. He hecho la maleta
muchas veces. El sol ha brillado fuerte en la Laponia noruega y finlandesa, en Moscú, haciendo verse
más roja la Plaza Roja; en Tallin, subiendo a lo más alto de la ciudad, en el
epitafio de mi vida de aquel entonces.
La alegría del
frío luminoso, el olor a canela y a harina del quinto piso, habitación
dieciocho. Cabezas de caballo, té de limón y disfraces de sumo. La luz tenebrosa y
gris del kaamos matinal y el humo que salía de mi taza de erizos llena de café con leche hasta los topes. Dormir en
sitios impensables, en sillones, con la cabeza apoyada en la mesa de la
cafetería de un barco, en una buhardilla.
Pensé también en
el blanco de la pared. El que anunciaba que me acababa de mudar y el que apuntaba
que me iba. Todo tan carente de vida. Uno era una hoja en blanco por escribir.
Otra el papel justificado del final de un libro.
Recorrer
caminos en bicicleta, en MÍ bicicleta, mi "Little-Monster", esconderse en el bosque de la lluvia, perseguir auroras
boreales ficticias, pedir deseos a las estrellas fugaces.
¿Qué es una
ensalada y unos fideos instantáneos ahora? Es el recuerdo de los primeros días
comiendo y cenando con Duccio. Y también de nuestra última cena. En un piso
vacío donde sólo estábamos él, yo y unos cuantos cubiertos de plástico y el fantasma de otra gran amistad compartida, Uli.
Las luces del
centro parecían ajenas la primera noche que las vi y el primer día que me di
cuenta de que tenía frío. Esperando con dos desconocidos recién conocidos en la
parada de autobús que seguirían la línea de mis aventuras muy de cerca. La otra, con la que sería y será una de mis mejores amigas,
Franzi, hablando sobre Jyväskylä como una ciudad que se había convertido
totalmente en nuestra, esperando al autobús con una maleta recién comprada en
cuya etiqueta rezaba “esto se termina”.
Me quedé
dormida el primer día de clase.
Un mensaje de
texto dos minutos antes de embarcar cuando tenía que marcharme de nuevo a
España prometía que nos volveríamos a ver, quién sabe.
Gente conocida,
un nuevo sentimiento de pertenencia, una nueva ciudad… Una familia, unos
hermanos, que no amigos; un sentimiento que me arranca las raíces de la
tierra que tanto me ha cambiado y una nueva marca sobre mi piel en forma de Sol
de Sámi no son más que un punto en esta redacción. Un punto y seguido y un punto y final.
Y ahora me
imagino que volveré a dormir en aquel sofá de segunda mano que ahora está bajo esa misma
ventana llena de pañuelos y telas de colores que recuerdo tan bien, y cómo lo
consiguió Michéle: aquel día bajando a la universidad… Hasta recuerdo la ropa
que llevaba puesta yo ese mismo día.
Y es que en mi
corazón Finlandia está tan cerca… El Tampere que vi en agosto distaba tanto de
aquél de octubre gris y lluvioso a medio camino de Rusia… Y sin embargo eran la misma ciudad, vista desde unos ojos distintos. Unos ojos que habían madurado.
Es como si
pudiera tocar Jyväskylä con sólo estirar los dedos de mis manos, como si no estuviera tan lejos, como si pudiera rozarla y
acariciarla como si arrullara a la más frágil de las criaturas. Como cuando
miraba en mis guantes negros los enormes copos de nieve cuyas formas de
estrella se discernían tan claramente e intentaba cambiarlas de sitio,
derritiéndolas con mi aliento. Aniquilando algo único. Como cada segundo que
allí transcurrió. Como cuando rompí una copa de cristal en el piso de
Vapaaudenkatu jugando a juegos de lo más trasnochados y más divertidos. Como
cada nota que me ponía el vello de punta en las clases de Música y cada imagen
que me estremecía en las de Cine.
Y así podría
proseguir hasta llenar cientos de páginas quizás.
He alzado la
mirada mientras leía esta noche, parando el discurso de Kvothe en la boca de
Patrick Rothfuss durante unos segundos.
Yo también
tengo una historia.
He estado leyendo
mis textos escritos en Finlandia esta tarde y se me ha llenado el cuerpo de
congoja. La misma que sentía jugando al escondite en el bosque, detrás de un
enorme roble con el tronco partido con mis hermanas Hilla y Hanna, cuando la chica que
se la quedaba se acercaba y estaba a punto de pillarnos, dejando ver relucir
entre el verde y el ámbar su abrigo rosa. Jugar, tocar, sobrecogerse…
La felicidad
que experimentaba al ver amanecer a las diez de la mañana con un sol que ardía a 20 grados bajo cero y explotaba al ritmo que explotaba mi corazón, inundando de naranja el ruido
del silencio en un paraíso blanco. Como cuando bajaba de noche tarareando por
primera vez el Teuvo Maanteiden Kuningas de Leevi and the Leavings bajo la lluvia.
Ahora en qué
se ha convertido todo esto…
Mi vida ha
dado un giro. Me ha costado acostumbrarme, como quien despierta de un sueño.
Cada persona
nueva que conozco no es más que una nueva razón por la que seguir hacia
adelante, ampliando el cerco, ampliando las posibilidades. Y es que en cada
persona, veo una posibilidad.
Mis pupilas se han vuelto a clavar en una sombra
peregrina de la biblioteca. El ciclo se ha vuelto a cerrar tras el sueño más
hermoso que jamás haya soñado.
Y lo mejor de todo es
que ese sueño ha sido real.
Suena: Joutsenlaulu --- For my Pain
Pido perdón por este texto a las tres y media de la mañana. Sé que, si alguien me lee asiduamente, esto es lo último que le apetecía: más declaraciones trasnochadas de una nostálgica de manual. Pero es lo que hay. Ya se me pasará (eso es lo que se suele decir en estas circunstancias).


