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| El bebedor de Absenta; Pablo Ruiz Picasso |
Estaba yo sentado en un antiguo
café del barrio de Montparnasse. Qué importa el nombre.
Todas las noches solía
dejarme caer por ese rincón que apestaba a madera acre y a absenta. Siempre que
andaba cabizbajo y apesadumbrado por el abandono del genio me acercaba a buscar
las letras en la atmósfera pegajosa de aquel lugar. Muchas veces sin éxito.
Otras tantas, el éxito se dejaba vislumbrar bajo cualquier nombre femenino:
Lulú olía a sábanas blancas y a salobre del Sena. Fernande a aguarrás y
disolvente, a color y forma. Se escapan los suspiros de mis labios y sus
nombres de mi pluma, o de mi cuchillo. Grabándose en las maderas de las mesas, perdurando
allí hasta Dios sabe cuándo.
Cavilaba yo en mis pensamientos
más profundos cuando avisté un mundano milagro.
Aún era muy temprano para que
el café estuviera lleno. Además, el cielo que amenazaba romper a llorar
mantenía bajo aviso a todo transeúnte medianamente prudente, o a cualquiera que
tuviera algo mejor y más cálido que hacer que aventurarse calle abajo en mitad
de una fuerte y fría lluvia de otoño.
Alcé la vista hacia la mesa que
tenía frente a mí, iluminada por un puñado de velas titilantes. Por un momento
olvidé los nombres de mis antiguas musas. Había encontrado dos de verdad. Y
para no tirar por tierra aquel momento de lucidez o de ensoñación dulce y
ponzoñosa (quizás originado por una tercera copa de vino caliente), decidí ir
apuntando en una servilleta todo cuanto mis ojos o mi subconsciente iba
captando, hasta formar mi propia historia.
Para empezar, había dos chicas
en la mesa. Deberían rondar la veintena años por la complexión de sus cuerpos,
pero sus ojos desvelaban estar fraguados y templados por un fuego que hubo de
arder hacía siglos, en cada par a su manera. Se mantenían una en frente de la
otra, sosteniéndose las miradas y sin terciar palabra. Todo lo que hubiera de
decirse estaba ya más que escrito.
Empezaré por la chica a mi derecha:
Su postura era más que
delicada. Era una bailarina degasiana congelada sobre una silla de taberna. La
piel blanquísima y el cabello negro como el azabache, que se derramaba sobre
sus hombros como si Balzac hubiera volcado un tintero de seda negra para
escribir los mejores versos de amor. De hecho, tenía tinta en el cuerpo. Entre
uno de los muchos pliegues de una camisola satinada de color burdeos asomaba
una de sus piernas, grácil y fuerte, tensa. Parecía tener escrita una partitura
subiendo en ese fragmento blanco, en ese pentagrama ascendente, que sólo podía
llegar a la disonancia
.
Olía a infancia. Pude captar su
aura desde mi esquina. Y cada vez que oteaba en rápidos movimientos los
confines de la estancia de madera, sentía florecer la simiente de sus ojos
verdes allá donde posaba la mariposa de su mirada. Tranquilamente, removía un brebaje
que desprendía los efluvios de jazmín y del Mediterráneo.
Ella era luz, era
verso, era danza. Su cara era la luna llena en el cielo de una noche de verano.
Antes de sentirme del todo
hechizado por tal angelical aparición y no poder mirar a ninguna otra parte,
decidí completar la imagen de mis sueños con la otra presencia a mi izquierda, que por un
momento había empequeñecido al lado de la blanca doncella.
Comenzaré por donde comencé con
la otra. La posición.
Diría que era mucho más masculina, aunque comparada con
su acompañante, hasta la más sutil de las princesas parecería un rudo marinero
de Saint-Malo. Se sentaba con los codos sobre la mesa, y las piernas ligeramente separadas, flanqueando una negra
taza de café de un olor extraño y fuerte.
Olía a adrenalina, a fuerza y a
pasión, como el galope templado de un caballo. Sus ropajes, de color verde
oscuro, de una tela aterciopelada. Contrastaban con el caramelo que destilaban
sus poros. Era el contraste perfecto, como el bosque que crece airoso a los
lados de un camino solitario, camino a quién sabe dónde.
Si bien sus rasgos eran más
redondeados, sus labios más carnosos, besables y mordibles, sus ojos ardían con
fiereza, imponentes, como un volcán en erupción. Su expresión era sublime, era
una catástrofe natural encerrada en una cárcel corpórea. Las velas de la
habitación hacían saltar chispas en ella, reflejando el rojo del fuego tanto en
su mirada (que caldeaba a su paso y helaba a la vez) como en su pelo, algo más corto, de un
castaño exquisito, ardiente, radiante, como el barniz del artista.
Jugueteaba con los dedos,
haciendo movimientos reflejos con las manos, como si tocara un fortepiano. Y
Dios sabía que su aura era el forte, sus curvas el piano. Brillaba con luz
propia, pero no de forma evanescente como su acompañante, sino dorada, airosa,
victoriosa. Irradiaba el sonido de una corneta de batalla, el destello del
cobre y la fragua dormían encerrados en aquella piel tensa. Cualquiera diría
que llevaba un sol grabado en la piel y el Bóreas ondulando entre sus cabellos,
anidando en el semblante. Si afinaba el oído escuchaba el tambor de guerra retumbar
en su pecho, el ronco silbido de la bandada de pájaros que vuela al norte entre las aletas de su nariz.
Ambas dos eran la antítesis la
una de la otra a su manera.
No habría parado de mirarlas, aunque en no hacerlo me
fuera la vida. Estaban allí, congeladas, con un juego de miradas. Una empuñaba
una espada con las pupilas. Otra una pluma. Una dictaba los versos. La otra
buscaba el modo de hacerlos corpóreos y reales.
Y fue entonces cuando lo
comprendí todo:
Eran musas de verdad.
Había logrado el estado del que Blake
escribió y ese que Moureau pintó una vez. Se me habían aparecido las Musas,
encerradas en dos realidades equidistantes en el espacio, complementarias en
las Artes. Habían tomado hacía mucho caminos diferentes y en ese momento se
habían encontrado. Una batalla se estaba librando en ese momento, en esa vacía
habitación. Y yo era el único espectador.
La primera era una canción a la
luna, a la delicadeza y a la belleza, a la danza y a la poesía. Sembraba a su
alrededor laureles y amapolas, enredaderas que acabaron rozándome y esposando
uno de mis brazos, uniéndolo al papel. Y lo supe en el momento en que ella me
atravesó con sus ojos esmeralda.
La segunda era el sol de media
noche, era la fuerza y la pasión. Un canto a los héroes, a la música y a la
pintura. Prendió una hoguera en mi pecho con sólo ponerme en su punto de mira,
a través de esas dos obsidianas que tenía por ojos. Y lo supe en el momento en
que ladeó sus labios en una mueca burlona y sarcástica. De repente dio un golpe
en la mesa, levantándose como un tigre furioso.
Todo me dio vueltas por un
instante. El café dibujó una espiral, las flores inundaron el cabello de la
primera musa. Una vorágine de seda roja y terciopelo absorbió a ambas
personalidades.
Pestañeé un segundo y la no
estaban.
Una era la Historia, otra el
Sentimiento.
Una el rozar de los labios en un beso. La otra la lengua
libidinosa y cálida.
Una era una caricia. La otra un puñetazo. El puñetazo que
me devolvió al mundo real.
Me vi absorto, mirando la nada,
los papeles que rodaban por el suelo cuando la campanilla de la puerta sonó. En
mi cuaderno sólo tenía escrita una línea recta, atravesada por un Sol y una
Clave de Sol. Oí unos pasos que se aproximaban hacia mí.
Era ya de noche.
Era mi buen amigo Hemingway.
Sonreí.
Now Playing: C'est Beau --- Les Ogres de Barback
Y esto es lo que pasa cuando me pongo a delirar sobre un cuadro. ¡Qué Tracy Chevalier ni qué niño muerto...!


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