viernes, 30 de agosto de 2013

De descripciones va la cosa // Les descriptions d'un romance

El bebedor de Absenta; Pablo Ruiz Picasso

Estaba yo sentado en un antiguo café del barrio de Montparnasse. Qué importa el nombre. 

Todas las noches solía dejarme caer por ese rincón que apestaba a madera acre y a absenta. Siempre que andaba cabizbajo y apesadumbrado por el abandono del genio me acercaba a buscar las letras en la atmósfera pegajosa de aquel lugar. Muchas veces sin éxito. Otras tantas, el éxito se dejaba vislumbrar bajo cualquier nombre femenino:

Lulú olía a sábanas blancas y a salobre del Sena. Fernande a aguarrás y disolvente, a color y forma. Se escapan los suspiros de mis labios y sus nombres de mi pluma, o de mi cuchillo. Grabándose en las maderas de las mesas, perdurando allí hasta Dios sabe cuándo.

Cavilaba yo en mis pensamientos más profundos cuando avisté un mundano milagro. 

Aún era muy temprano para que el café estuviera lleno. Además, el cielo que amenazaba romper a llorar mantenía bajo aviso a todo transeúnte medianamente prudente, o a cualquiera que tuviera algo mejor y más cálido que hacer que aventurarse calle abajo en mitad de una fuerte y fría lluvia de otoño.

Alcé la vista hacia la mesa que tenía frente a mí, iluminada por un puñado de velas titilantes. Por un momento olvidé los nombres de mis antiguas musas. Había encontrado dos de verdad. Y para no tirar por tierra aquel momento de lucidez o de ensoñación dulce y ponzoñosa (quizás originado por una tercera copa de vino caliente), decidí ir apuntando en una servilleta todo cuanto mis ojos o mi subconsciente iba captando, hasta formar mi propia historia.

Para empezar, había dos chicas en la mesa. Deberían rondar la veintena años por la complexión de sus cuerpos, pero sus ojos desvelaban estar fraguados y templados por un fuego que hubo de arder hacía siglos, en cada par a su manera. Se mantenían una en frente de la otra, sosteniéndose las miradas y sin terciar palabra. Todo lo que hubiera de decirse estaba ya más que escrito. 

Empezaré por la chica a mi derecha:

Su postura era más que delicada. Era una bailarina degasiana congelada sobre una silla de taberna. La piel blanquísima y el cabello negro como el azabache, que se derramaba sobre sus hombros como si Balzac hubiera volcado un tintero de seda negra para escribir los mejores versos de amor. De hecho, tenía tinta en el cuerpo. Entre uno de los muchos pliegues de una camisola satinada de color burdeos asomaba una de sus piernas, grácil y fuerte, tensa. Parecía tener escrita una partitura subiendo en ese fragmento blanco, en ese pentagrama ascendente, que sólo podía llegar a la disonancia
.
Olía a infancia. Pude captar su aura desde mi esquina. Y cada vez que oteaba en rápidos movimientos los confines de la estancia de madera, sentía florecer la simiente de sus ojos verdes allá donde posaba la mariposa de su mirada. Tranquilamente, removía un brebaje que desprendía los efluvios de jazmín y del Mediterráneo. 

Ella era luz, era verso, era danza. Su cara era la luna llena en el cielo de una noche de verano.

Antes de sentirme del todo hechizado por tal angelical aparición y no poder mirar a ninguna otra parte, decidí completar la imagen de mis sueños con la otra presencia a mi izquierda, que por un momento había empequeñecido al lado de la blanca doncella.

Comenzaré por donde comencé con la otra. La posición.

Diría que era mucho más masculina, aunque comparada con su acompañante, hasta la más sutil de las princesas parecería un rudo marinero de Saint-Malo. Se sentaba con los codos sobre la mesa, y las piernas ligeramente separadas, flanqueando una negra taza de café de un olor extraño y fuerte.

Olía a adrenalina, a fuerza y a pasión, como el galope templado de un caballo. Sus ropajes, de color verde oscuro, de una tela aterciopelada. Contrastaban con el caramelo que destilaban sus poros. Era el contraste perfecto, como el bosque que crece airoso a los lados de un camino solitario, camino a quién sabe dónde.

Si bien sus rasgos eran más redondeados, sus labios más carnosos, besables y mordibles, sus ojos ardían con fiereza, imponentes, como un volcán en erupción. Su expresión era sublime, era una catástrofe natural encerrada en una cárcel corpórea. Las velas de la habitación hacían saltar chispas en ella, reflejando el rojo del fuego tanto en su mirada (que caldeaba a su paso y helaba a la vez) como en su pelo, algo más corto, de un castaño exquisito, ardiente, radiante, como el barniz del artista.

Jugueteaba con los dedos, haciendo movimientos reflejos con las manos, como si tocara un fortepiano. Y Dios sabía que su aura era el forte, sus curvas el piano. Brillaba con luz propia, pero no de forma evanescente como su acompañante, sino dorada, airosa, victoriosa. Irradiaba el sonido de una corneta de batalla, el destello del cobre y la fragua dormían encerrados en aquella piel tensa. Cualquiera diría que llevaba un sol grabado en la piel y el Bóreas ondulando entre sus cabellos, anidando en el semblante. Si afinaba el oído escuchaba el tambor de guerra retumbar en su pecho, el ronco silbido de la bandada de pájaros que vuela al norte entre las aletas de su nariz.

Ambas dos eran la antítesis la una de la otra a su manera.

No habría parado de mirarlas, aunque en no hacerlo me fuera la vida. Estaban allí, congeladas, con un juego de miradas. Una empuñaba una espada con las pupilas. Otra una pluma. Una dictaba los versos. La otra buscaba el modo de hacerlos corpóreos y reales.

Y fue entonces cuando lo comprendí todo:

Eran musas de verdad. 

Había logrado el estado del que Blake escribió y ese que Moureau pintó una vez. Se me habían aparecido las Musas, encerradas en dos realidades equidistantes en el espacio, complementarias en las Artes. Habían tomado hacía mucho caminos diferentes y en ese momento se habían encontrado. Una batalla se estaba librando en ese momento, en esa vacía habitación. Y yo era el único espectador.

La primera era una canción a la luna, a la delicadeza y a la belleza, a la danza y a la poesía. Sembraba a su alrededor laureles y amapolas, enredaderas que acabaron rozándome y esposando uno de mis brazos, uniéndolo al papel. Y lo supe en el momento en que ella me atravesó con sus ojos esmeralda.

La segunda era el sol de media noche, era la fuerza y la pasión. Un canto a los héroes, a la música y a la pintura. Prendió una hoguera en mi pecho con sólo ponerme en su punto de mira, a través de esas dos obsidianas que tenía por ojos. Y lo supe en el momento en que ladeó sus labios en una mueca burlona y sarcástica. De repente dio un golpe en la mesa, levantándose como un tigre furioso.

Todo me dio vueltas por un instante. El café dibujó una espiral, las flores inundaron el cabello de la primera musa. Una vorágine de seda roja y terciopelo absorbió a ambas personalidades.

Pestañeé un segundo y la no estaban.

Una era la Historia, otra el Sentimiento.

Una el rozar de los labios en un beso. La otra la lengua libidinosa y cálida. 

Una era una caricia. La otra un puñetazo. El puñetazo que me devolvió al mundo real.

Me vi absorto, mirando la nada, los papeles que rodaban por el suelo cuando la campanilla de la puerta sonó. En mi cuaderno sólo tenía escrita una línea recta, atravesada por un Sol y una Clave de Sol. Oí unos pasos que se aproximaban hacia mí.

Era ya de noche.

Era mi buen amigo Hemingway.

Sonreí.


Now Playing: C'est Beau --- Les Ogres de Barback



Y esto es lo que pasa cuando me pongo a delirar sobre un cuadro. ¡Qué Tracy Chevalier ni qué niño muerto...!

martes, 20 de agosto de 2013

Del miedo a la Muerte, entre otras cosas // Tuonen Joutsen

Cuestionarse la naturaleza de las religiones y de la mitología de los diferentes países y de las diferentes culturas a veces puede llegar a ser productivo. Del mismo modo, diría que no existe una sola religión verdadera, sino que el ser humano tiende a crearse una serie de mundos y de roles que se corresponden totalmente con los arquetipos de los que Jung escribió un día.

Tuonela; de Vertti Teräsvuori


Jung fue un filósofo a caballo entre el siglo XIX y XX, que alcanzó parte de su reconocimiento debido a los estudios que realizó en colaboración con Freud, aunque se fue distanciando de las ideas de su colega con el tiempo, pues pese a considerar fundamental el desarrollo del individuo en la sexualidad, Jung le dará mayor importancia a la existencia de un trasfondo ancestral al que llama Inconsciente Colectivo que no se encuentra ni reprimido ni olvidado, sino formando una parte activa dentro del sujeto, quien lo expresa a través del arte y de los sueños. Es algo que forma parte de la memoria de la humanidad, de la experiencia hereditaria del hombre y se refleja a través de los mitos, las leyendas, etc. que encierran la sabiduría de la raza humana. Son los sedimentos de la experiencia milenaria de la humanidad.

Estos sedimentos contienen los arquetipos

Los arquetipos son configuraciones formales que se repiten en el folklore, en el saber tradicional, mitos y tradiciones, y que permiten intuir la existencia de un origen común de la humanidad. Estas configuraciones formales pueden ser dragones, sombras, tronos, ángeles, divinidades, héroes, etc. Son imágenes primordiales que se encuentran en cualquier civilización y en cualquier tiempo. Sin embargo, están vacías de contenido.

Los arquetipos son los creadores de mitos, religiones, filosofía, etc. influyendo a naciones enteras, civilizaciones y épocas de la historia.

Tuonela; de Juri Asano


Ahora bien, partiendo de la idea de los arquetipos junguianos, me gustaría hablar de uno en concreto que atañe a todas las historias de mitología y religión. Y es que ¿en qué mito o historia no existe un Reino de los Muertos? 

El Infierno cristiano, el Hades griego, el Duat egipcio, los Reinos de Samsara en el Budismo, caer del puente Sirat para el Islam, el Sheol judío, el Helheim nórdico, el Tuonela para los ugro-fínicos...

Es en éste último en el que me quiero centrar.

Tuonela es el nombre que se le da dentro de la mitología nacida en el lago Ladoga, en la Edad de Bronce, a la Tierra de los Muertos. Se conoce principalmente gracias al Kalevala de Elias Lönnrot, poema épico finés por antonomasia.

Cuenta la leyenda, que cuando la luz de la vida se escapaba de los mortales hacia la fría e infinita noche, el alma peregrina ponía rumbo al río Tuoni, oscuro y silencioso. Allí, un cisne erraba solitario por las aguas negras espejadas. Paliaba su solitaria existencia esperando a la barcaza que surcaba el río transportando las almas dirigidas a Tuonela.

El Kalevala nos cuenta la historia de varios héroes que pasan por Tuonela en algún momento de sus andanzas.

Väinämöinen es retado a bajar al mundo de los muertos para recoger el hechizo de la vida eterna, para averiguar el enigma de la muerte. Tuonen Tyttö (la Niña del Tuonela) lo guía en un viaje por el reino de los muertos, mostrándole sus confines. Pero Väinämöinen no encuentra más que negrura, dominada por las Criaturas de las Tinieblas, que le instan a quedarse de una forma muy poco amigable. Afortunadamente, Väinämöinen consigue vencerlas y ascender al reino de los vivos. Una vez allí, maldice a todo aquel que decida adentrarse, en vida, en el reino de Tuonela, pues nada escapa a las garras de la muerte.

Lemminkäisen äiti; de Akseli Gallen-Kallela (uno de mis artistas favoritos de Finlandia)


Lemminkäinen, el gran guerrero heroico del Kalevala, chaman y hechicero, también consigue escapar de Tuonela en una ocasión. Sin embargo, no corrió la misma suerte que Väinämöinen y no pudo salir por su propio pie. Una de las pruebas a las que fue retado este héroe, era capturar al cisne que anidaba en Tuonela, sucumbiendo en el intento ante la bravura de las aguas del Tuoni. Su madre lo rescata del río, llevándolo a una orilla y mandando a las abejas a recoger miel de diversa procedencia para devolverle el aliento a su hijo.


Now Playing: Land of the Dead --- Summoning



Si es que, por mucho que nos pongamos a discutir, el ser humano siempre se ha centrado en crear una especie de culto hacia la muerte desde bien entrado el Neolítico. El aferrarnos profundamente a unas creencias no nos hace más evolucionados o menos, mejores o peores. Sencillamente demuestra que necesitamos el bote salvavidas de la Fe en algo que nos salve del miedo a las aguas negras del Tuonela...


a las aguas negras de la Muerte.