miércoles, 3 de diciembre de 2014

La próxima vez me dejáis hablar // El hombre sin contenido

[Advertencia: esta entrada puede herir la sensibilidad artística de algunos.]


Queridos lectores, no hay cosa que me enfade más que no ser capaz de hablar a la misma velocidad a la que pienso. Se me agolpan las palabras en la cabeza porque por la boca no salen al mismo ritmo, y alguna cretina se escapa antes de tiempo. Total, que parezco tonta. Soy más de escribir.

Pues bien, ayer estábamos manteniendo cierto debate a santo del cambio entre el arte figurativo al arte abstracto dentro de la institución artística, poniéndolo en relación con la música tonal y la música atonal. Sinceramente, éste me pareció un debate anacrónico, ya que en esa sucesión de acontecimientos el arte iba unos 30 años por delante. Intentando poner estas ideas en orden surgió un comentario que debo destacar por encima del resto.

“Estamos ante el declive del arte culto. El arte abstracto y la música dodecafónica sólo se aprecian a punta de pistola, es por esto que se vuelve a la tonalidad, a la música sencilla y al arte figurativo. Hace unas décadas nada se sabía del artista Antonio López, mientras que hoy día se ha convertido en el artista del momento”.

Madrid desde las Torres Blancas. Antonio López.


No habría escogido un artista peor para concluir con el debate.

Si como decía Adorno, a través del arte puede conocerse una sociedad, ¿en qué clase de sociedad nos hemos convertido si acatamos el híper-realismo como arte de nuestra época? En ese retorno a la imagen fidedigna, a una copia artesana y minuciosa de lo que nos rodea, ¿dónde ha quedado el discurso artístico? A mi entender, en los dos extremos (el híper-realismo y la no figuración extrema) nos encontramos una parodia de la Historia del Arte. Nos hemos convertido en una sociedad que parodia su propia tradición artística en un continuo retorno a formas del pasado que no son nada más que eso: forma. Hacer por hacer. Creamos un discurso híper-realista porque es lo que el público inculto consume con más avidez. ¿Por qué? Porque pensamos de forma lacaniana hasta la saciedad. Ya lo mencioné en otra entrada de este blog: somos unos adictos al espejo. Nos reconocemos en los objetos y reconocemos en las copias lo que nos rodea, y a mayor fidelidad de la copia mejor nos parece el trabajo. Pues yo me siento como el pájaro que va a picar las uvas de Zeuxis: víctima de un engañabobos.

Lo mismo me ocurre con la no figuración por la no figuración. Desde que la dinámica de mercado irrumpió en el mundo del arte con más fuerza tras la posmodernidad nos hemos convertido además en una sociedad generadora de residuos. Y hemos producido tanto, que hemos pasado a considerar algunos de esos residuos como arte (había que empezar a venderlos si queríamos seguir con el capitalismo, ¿no es así?). ¿Y por qué se consideran como arte? Porque lo dice un museo. Se puso tan de moda manchar lienzos o recoger otros materiales para darles la vuelta que el papel del aficionado al arte ha virado desde el diálogo a la aceptación o no aceptación. Y se crearon templos para el engaño y las mamarrachadas.

En este particular, comulgo con las ideas de Catherine Millet, quien dice que conforme avanzaba la segunda mitad del siglo XX la sociedad carece de un discurso común que aglutine la causa cultural. Ni nos estamos confrontando contra la gran ciudad, ni combatimos la imposición de una “ideología dominante”. La Globalización que se dio en las sociedades occidentales ha derivado a la paradójica situación de una atomización en el discurso del arte: cada creador o cada artesano reivindica su derecho a marcar la diferencia. Lejos de construir una utopía con el arte, de buscar una sociedad mejor, la solución que se ha optado es cubrirse las espaldas cada uno a su manera, creando el discurso de: si no te gusta, es que no lo (me) entiendes.

Y ante esto podréis pensar: “pues Antonio López en ese aspecto es un visionario, un abanderado del pueblo y del arte colectivo ya que crea cosas que todo el mundo entiende”. A lo que respondo: ¿y dónde ha quedado la intención creadora que ha caracterizado al artista durante todo el transcurrir de la historia? ¿Qué te quiere contar con sus pinturas que no te pueda contar la calle por la que paseas? La calle por la que paseas te puede contar incluso más cosas. A diferencia de las pinturas de Antonio López, en las calles hay personas. Pequeños universos paralelos (algunos más profundos y más difíciles de escudriñar que otros) que viven y que interactúan como en un gran caldo de cultivo. Es en ese bullir donde deben de surgir las ideas. Y no me vale que te tires meses haciendo un trabajo (sea cual sea) por el mero hecho de hacerlo, sin ideas detrás, esperando que sea otra persona quien justifique tu trabajo.

Eso: el vacío ideológico detrás del arte de la sociedad actual; es lo que une el arte de Antonio López con las mamarrachadas contemporáneas de Luis Gordillo, por citar a otro carcamal, por ejemplo. Estamos ante la actitud pasiva de “que lo haga otro”, no somos más que la institución que legitima El hombre sin contenido del que habla Giorgio Agamben. Aceptamos estas manifestaciones como el arte de nuestro tiempo porque somos una panda de cabezas huecas. Qué bien nos vendría una educación como dios manda.

Globuloso Chiclóide selvático. Luis Gordillo.


Tengo aún fe en los artistas y en los genios. Creo en los genios y creo en la humildad del genio (paradójico, ¿a que sí?), capaz de crear discursos de verdadero calado social y de hermanamiento. Creo en que existe un espíritu, una forma de pensar o una capacidad oculta del intelecto que es capaz de vivir de forma simbiótica con la creación artística, independientemente del registro que esta creación artística tome.

Ayer se comparó la figuración o la tonalidad con el espíritu. Igual pequé de idealista al pensar que esa afirmación es falsísima. Kandinsky ya nos demostró que el espíritu también está presente en la forma abstracta, y creo que nadie como él lo hizo de forma más elegante y certera. Y al igual que él, pienso que el papel de los artistas debe de partir de una incomprensión inicial, pero que esa incomprensión ayude a la sociedad a la que va destinado el arte a realizar una actividad de meditación y recapacitación que les ayude a dar un pasito adelante, a ser un poquito mejores y a tener consciencia de otros horizontes (que van más allá de lo que pase en Gran Hermano o de lo que te mande la Jenny por WhatsApp).

Negro y Violeta. Wassily Kandinsky


Pese a lo que creamos hoy día, el arte juega un papel en la sociedad que no supone ni una milésima parte de lo que fue antaño. Nuestra cultura, cada vez más rica y con más posibilidades gracias a avances como Internet, es también más fragmentaria. Vivimos gracias al suero de las citas, de los nombres y de las apariencias. De la carcasa sin contenido.

Y nuestro paraíso distópico son las ciudades de Antonio López sin personas.


Qué poco me gusta el híper-realismo. Qué poco me gusta el hacer por hacer.

De música hablamos otro día.



Now Playing: When That head splits --- Esben and the Witch



No hay comentarios:

Publicar un comentario