sábado, 9 de febrero de 2013

Un puñado de recuerdos por un talento de plata // L'auberge finlandaise



¿Por qué ahora que mi vida parecía recobrar el sentido perdido en España vuelve la imagen de Finlandia como un ejército que arrasa por un campo de flores?

Llevo todo el día con recuerdos muy puntuales, muy vívidos, punzantes y profundos en mi corazón que me llevan al Norte de nuevo y que me hacen recobrar una alegría que creía dormida.

He visto unos vuelos a Finlandia bastante baratos, y de nuevo esa emoción extraña y abstracta se ha apoderado de mí, me ha atenazado en inflado el pecho. Recordé cómo saltaba de alegría por mi habitación escuchando Korpiklaani cuando supe que me iba. Gritaba por el pasillo: "¡que me voy!". Mi compañera de piso sonreía. "Estás loca", decía. Ahora sentía que la situación se podría repetir, y que en menos de un mes pulularé por el escenario desierto de un sueño. Como si fuera un teatro en ruinas.

Recordé el concierto de Ensiferum unas pocas semanas después de llegar, de conocer a Alejandro. Aún mi mente no estaba preparada para hablar finés y la frase de “mika sun nimi on?” rondaba mi cabeza como algo que debía de saber. “Minkamaalainen sä ot ja kuinka vanha sä ot…” era una retahíla en mis pensamientos. "Mika sun puhelinumero on...” Y bueno, otras tantas cosas. Las repasaba mientras mi mano casi rozaba la del chaval que estaba a mi lado. Tan guapo, tan distante. El chico de delante que se giró para hacer el ganso conmigo. Jamás supe el nombre de ninguno.

El ruido de las ruedas de la bicicleta sobre el asfalto de los aventureros nocturnos en verano y el temblor de los neumáticos siguiendo la senda marcada en el hielo y la nieve al volver del concierto de Amorphis en Lutakko con Alejandro, abriendo nuevos surcos en un camino que recorrería por última vez con él y que tantas veces había hecho con mucha más gente, viendo cómo los barcos se encallaban en el hielo del Jyväsjärvi y las luces matizaban su reflejo en la nieve. Un reflejo blanquecino en el agua líquida del mismo lago que me quitaba el sueño en el Hotel Alba la última noche de agosto que pasé con mi familia.

La reconfortante sensación de las sábanas de franela sobre mi piel aquella noche cuando me dije “esta es la primera noche de muchas que pasaré aquí”. Las paredes de la que fue mi habitación en el 6M de Roninmäki, piso 3º habitación número diez, han visto pasar mucha gente, muchas historias. He hecho la maleta muchas veces. El sol ha brillado fuerte en la Laponia noruega y finlandesa, en Moscú, haciendo verse más roja la Plaza Roja; en Tallin, subiendo a lo más alto de la ciudad, en el epitafio de mi vida de aquel entonces.

La alegría del frío luminoso, el olor a canela y a harina del quinto piso, habitación dieciocho. Cabezas de caballo, té de limón y disfraces de sumo. La luz tenebrosa y gris del kaamos matinal y el humo que salía de mi taza de erizos llena de café con leche hasta los topes. Dormir en sitios impensables, en sillones, con la cabeza apoyada en la mesa de la cafetería de un barco, en una buhardilla.

Pensé también en el blanco de la pared. El que anunciaba que me acababa de mudar y el que apuntaba que me iba. Todo tan carente de vida. Uno era una hoja en blanco por escribir. Otra el papel justificado del final de un libro.

Recorrer caminos en bicicleta, en MÍ bicicleta, mi "Little-Monster", esconderse en el bosque de la lluvia, perseguir auroras boreales ficticias, pedir deseos a las estrellas fugaces.

¿Qué es una ensalada y unos fideos instantáneos ahora? Es el recuerdo de los primeros días comiendo y cenando con Duccio. Y también de nuestra última cena. En un piso vacío donde sólo estábamos él, yo y unos cuantos cubiertos de plástico y el fantasma de otra gran amistad compartida, Uli.

Las luces del centro parecían ajenas la primera noche que las vi y el primer día que me di cuenta de que tenía frío. Esperando con dos desconocidos recién conocidos en la parada de autobús que seguirían la línea de mis aventuras muy de cerca. La otra, con la que sería y será una de mis mejores amigas, Franzi, hablando sobre Jyväskylä como una ciudad que se había convertido totalmente en nuestra, esperando al autobús con una maleta recién comprada en cuya etiqueta rezaba “esto se termina”.

Me quedé dormida el primer día de clase.

Un mensaje de texto dos minutos antes de embarcar cuando tenía que marcharme de nuevo a España prometía que nos volveríamos a ver, quién sabe.

Gente conocida, un nuevo sentimiento de pertenencia, una nueva ciudad… Una familia, unos hermanos, que no amigos; un sentimiento que me arranca las raíces de la tierra que tanto me ha cambiado y una nueva marca sobre mi piel en forma de Sol de Sámi no son más que un punto en esta redacción. Un punto y seguido y un punto y final.

Y ahora me imagino que volveré a dormir en aquel sofá de segunda mano que ahora está bajo esa misma ventana llena de pañuelos y telas de colores que recuerdo tan bien, y cómo lo consiguió Michéle: aquel día bajando a la universidad… Hasta recuerdo la ropa que llevaba puesta yo ese mismo día.

Y es que en mi corazón Finlandia está tan cerca… El Tampere que vi en agosto distaba tanto de aquél de octubre gris y lluvioso a medio camino de Rusia… Y sin embargo eran la misma ciudad, vista desde unos ojos distintos. Unos ojos que habían madurado.

Es como si pudiera tocar Jyväskylä con sólo estirar los dedos de mis manos, como si no estuviera tan lejos, como si pudiera rozarla y acariciarla como si arrullara a la más frágil de las criaturas. Como cuando miraba en mis guantes negros los enormes copos de nieve cuyas formas de estrella se discernían tan claramente e intentaba cambiarlas de sitio, derritiéndolas con mi aliento. Aniquilando algo único. Como cada segundo que allí transcurrió. Como cuando rompí una copa de cristal en el piso de Vapaaudenkatu jugando a juegos de lo más trasnochados y más divertidos. Como cada nota que me ponía el vello de punta en las clases de Música y cada imagen que me estremecía en las de Cine.

Y así podría proseguir hasta llenar cientos de páginas quizás.

He alzado la mirada mientras leía esta noche, parando el discurso de Kvothe en la boca de Patrick Rothfuss durante unos segundos.

Yo también tengo una historia.

He estado leyendo mis textos escritos en Finlandia esta tarde y se me ha llenado el cuerpo de congoja. La misma que sentía jugando al escondite en el bosque, detrás de un enorme roble con el tronco partido con mis hermanas Hilla y Hanna, cuando la chica que se la quedaba se acercaba y estaba a punto de pillarnos, dejando ver relucir entre el verde y el ámbar su abrigo rosa. Jugar, tocar, sobrecogerse…

La felicidad que experimentaba al ver amanecer a las diez de la mañana con un sol que ardía a 20 grados bajo cero y explotaba al ritmo que explotaba mi corazón, inundando de naranja el ruido del silencio en un paraíso blanco. Como cuando bajaba de noche tarareando por primera vez el Teuvo Maanteiden Kuningas de Leevi and the Leavings bajo la lluvia.

Ahora en qué se ha convertido todo esto…

Mi vida ha dado un giro. Me ha costado acostumbrarme, como quien despierta de un sueño.

Cada persona nueva que conozco no es más que una nueva razón por la que seguir hacia adelante, ampliando el cerco, ampliando las posibilidades. Y es que en cada persona, veo una posibilidad.

Mis pupilas se han vuelto a clavar en una sombra peregrina de la biblioteca. El ciclo se ha vuelto a cerrar tras el sueño más hermoso que jamás haya soñado.



Y lo mejor de todo es que ese sueño ha sido real.



Suena: Joutsenlaulu --- For my Pain



Pido perdón por este texto a las tres y media de la mañana. Sé que, si alguien me lee asiduamente, esto es lo último que le apetecía: más declaraciones trasnochadas de una nostálgica de manual. Pero es lo que hay. Ya se me pasará (eso es lo que se suele decir en estas circunstancias).


1 comentario:

  1. Todos saben que las aves migratorias siempre encuentran el camino de regreso... Aunque hay aún muchos mundos por descubrir.
    http://www.youtube.com/watch?v=qYVaouiMraQ

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